Se vende

Los minirrelatos de Patty

Mi padre murmuraba algo sobre lo difícil que era poner precio a sus recuerdos

La casa de los abuelos se había construido a principios de siglo, y seguía la estructura clásica de la zona: patio central y habitaciones a las que se accedía desde ese patio. Yo, personalmente, no entendía esta distribución… Mi padre se reía cuando le decía esto. Me explicaba que entonces no se vivía como hoy en día, no había un salón como tal, sino que la vida transcurría en la cocina, al calor del hogar.  La habitación solo era para dormir, y no había baño, simplemente se salía al patio o corral, y en cada habitación se apañaban con un orinal.

A mis 10 o 12 años, entender aquello me costaba un poco. Sí, yo ya sabía que la vida en el campo en aquellos años no era como en la ciudad, pero me costaba muchísimo imaginármelo. Y hoy en día todavía me parece una vida durísima.

En el patio, había un zócalo de baldosines en tonos azules y blancos, hasta media altura, y en toda la casa reinaba el suelo hidráulico. Muy diferente al que se lleva ahora en tonos grises y blancos… Este, por el contrario, tenía colores vivos y predominaban los amarillos y rojos teja.

Paseábamos por las estancias y mi padre me iba explicando todos los cambios que se habían hecho desde que él era pequeño: traer el agua corriente y la luz, cubrir el patio, añadir un baño…

A mí me venían recuerdos en cada habitación: donde compartía litera con mi hermana, donde nos juntábamos a comer las riquísimas albóndigas que cocinaba la abuela, el patio en el que el abuelo nos colocó una piscina tantos veranos...

Pero hora ya no había muebles, el paso de los años empezaba a hacer mella en la casa y los abuelos habían decidido su venta como terreno. Mi padre murmuraba algo sobre lo difícil que era poner precio a sus recuerdos, y yo misma me lo llevaba preguntando toda la mañana.

No sé de quién salió la idea, pero nos fuimos de allí sin colocar el cartel de “Se vende”. Mi padre y yo, yo y mi padre, habíamos decidido sin más que la casa no se vendía, que ya se vería, se podía restaurar, poco a poco, aunque fuera en fines de semana, hoy el suelo, mañana una pared...

Y yo me sentí feliz, feliz de ver que, aunque ya hacía mucho que había dejado la infancia atrás, conservar la casa significaba que todavía había algo de la niña que fui en mi corazón.