"Supongo que algún dia tendré que meterme en el ordenador y en el despacho de mi padre para terminar su obra"

Foto familiar entrañable en un bautizo en la localidad navarra de Sanguesa.

Adela Alonso de Mur nos cuenta con cariño y devoción la historia de su padre Roberto Alonso Olalla, natural de la localidad de Hacinas y uno de los mejores escritores e investigadores de la zona de pinares de Burgos y de Soria. 

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La madre Teresa de Calcuta solía decir que a veces sentimos que lo que hacemos es tan sólo una gota en el mar, pero que el mar sería mucho menos si le faltara esa gota. Y es que una sola vida puede cambiar el mundo. Porque vivimos para reír y para llorar. Para sentir y para amar y también para sufrir al dejar de ser amados. Vivimos para vivir sabiendo que nuestras huellas serán siempre el recuerdo. De nuestras luces y también de nuestras sombras. De las conquistas y de las pérdidas. Del amor y del desamor. Porque la muerte termina por alcanzar a la vida devolviéndonos a un principio que jamás tuvo fin. Roberto Alonso Olalla nació un 28 de abril de 1928. Sus abuelos por parte de su madre Anunciación fueron Don Malaquías Olalla de Juan y Donata Gómez. Desde muy pequeñito Roberto sintió una enorme admiración por su abuelo Malaquías, que era el maestro de las escuelas de Hacinas.

Un hombre culto, sensible y amante de su tierra, de su historia, de sus raíces y de sus tradiciones. “Mi otro abuelo, Mariano Alonso del Hoyo fue destinado a Valencia terminada la guerra. Llegó a combatir en Marruecos. Al regresar al pueblo decidió casarse con mi abuela. En las tierras del Cid  Roberto tuvo una gran pasión, el fútbol. Le gustaba romper zapatillas con la pelota al lado del Turia. Las porterías eran libros apilados a pesar de la prohibición de jugar allí. Hasta que un día los guardias agotados por la indisciplina de los mocosos decidieron cogerles los libros. Recuperarlos costaba dos pesetas, una fortuna entonces. Mi padre se llevo una muy buena zurra pero jamás dejó de jugar al fútbol al lado del río Turia”, comentó Adela Alonso de Mur.

En 1948, con apenas veinte años y una vida por delante, Roberto Alonso Olalla ingresó en la Academia de Zaragoza. Tras dos años de intenso aprendizaje eligió artillería y permaneció otros tres años en Segovia. Tras unos meses en Zaragoza, consiguió el grado de teniente en 1953. “Se especializó en Artillería de Montaña y fue destinado a la preciosa localidad oscense de Graus. Allí conoció a mi madre, Adela de Mur. Era una humilde maestra de un pueblo muy pequeño y pintoresco llamado Secastilla, a 100 kilómetros de Bielsa. Allí la guerra y la represión habían sido brutales y obligaron a mi madre a escapar a Francia donde vivió por algún tiempo en un campo de refugiados”.

Mis padres terminaron por casarse el 18 de agoto de 1960. El siempre soñó con que yo fuera maestra. Pienso que por la influencia de mi madre y por la huella que dejó en él su abuelo Malaquías. También creo que debo destacar que fue un gran amante de la filatelia. Una afición que siempre compartió con su hermano Mariano y con Félix, el primo del pueblo. De mi madre destacaría que es una mujer discreta y humilde. Es fuerte como una piedra y tiene una enorme resistencia. Ha sido y es maestra. Por eso siempre nos ha mostrado el camino de la curiosidad por las cosas y del aprendizaje para ser mejores en la vida”.

Roberto fue siempre un hombre de Fé. Católico hasta el tuétano. Un hombre de valores firmes y convicciones inalterables que siempre hizo gala de su fuerza y determinación. ETA puso a precio a su vida en los años ochenta. “Fueron seguramente los años más difíciles de su vida.“Tuvo que refugiarse en Burgos para proteger su vida y la nuestra. Vivió en la capital burgalesa entre 1979 y 1986, en los años de plomo. Pamplona no dejaba de ser una ciudad pequeña donde todos nos conocíamos y llegamos a saber quién quería matarlo. A mi no me contaban nada, pero no era tonta. Sabía que algo muy grave estaba ocurriendo porque todos los días tomábamos caminos distintos para ir a los mismos lugares. Los domingos cambiábamos de parroquia y mi hermano siempre miraba debajo del coche buscando aquella bomba que hubiera acabado con su vida y quién sabe también si con la nuestra”.

Decía Descartes que el daría todo lo que sabe por la mitad de lo que ignora. Tal vez esa fue la consigna de Roberto cuando con 57 años entra en la Reserva. Su vida cambia por completo y el tiempo comienza a ser un aliado difícil de satisfacer. “Fue algo inmediato. Sintió la necesidad de contar historias y decidió participar casi desde los comienzos en la histórica Revista “Amigos de Hacinas”. Comenzó redactando artículos sobre la historia, la cultura y las tradiciones del pueblo. Después, su curiosidad y su carácter afable y cercano le llevaron a interesarse por otros pueblos. Fue así como llegó a su vida la investigación y sus libros no se hicieron esperar”.

El primero fue el de Hacinas. Investigó en el archivo de Simancas, en la Biblioteca Nacional y en el archivo de Hacinas. Leía, curioseaba e investigaba y así iba encontrando nuevos hilos sobre los que escribir. Además del de Hacinas, escribió magistralmente sobre los personajes, acontecimientos e historias de la comarca de Salas de los Infantes. También hizo lo propio con sus 50 relatos sobre personajes, sucesos y temas populares de la comarca serrana. Dedicó otro de sus libros a los pueblos del entorno y no quiso olvidarse en otra de sus obras de la Romería de Santa Lucía.

.El gran Antonio Machado solía decir que la muerte es algo que no debemos temer. Y es que mientras somos la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos. “Mi padre se tomó la enfermedad con mucha entereza, esa es la verdad. Sabía que tenía muy poco tiempo de vida y quiso aprovecharlo al máximo. Hasta casi sus últimos días estuvo trabajando en un libro donde cuenta la interesante y difícil vida de mi madre sobre todo en su infancia y adolescencia. También quería redactar una autobiografía pero la enfermedad le sorprendio como la noche sorprende al día y al final no tuvo el tiempo y la fuerza suficientes para hacerlo.

Supongo que algún día yo tendré que ocupar su despacho y entrar en su ordenador para finalizar esos dos últimos libros. De momento no me siento con la seguridad y la fortaleza necesarias para hacerlo. Su recuerdo, su alegría, su ternura, su cariño y su fuerza todavía están muy presentes.Y es que no podemos olvidar que la muerte no deja de ser el último viaje, el más largo de todos y de lejos el mejor (Tom Wolfe)