La palabra es el origen, por Rosana González

Rosana González
   Las palabras crean nuestro mundo, me atreverá incluso a afirmar que lo que nos decimos a nosotros, eso es lo que somos, para bien o para mal.

Queridos lectores, un día más me siento ante mi ordenador para intentar llegar a vosotros con algún tema que pueda ser de vuestro interés y si, además, os ayuda a crecer un poco por dentro, os da alguna idea novedosa que os anime, alegre, informe o clarifique…sería un día redondo o, mejor dicho: “Un artículo redondo.”

 Cuando comencé con esta columna mi objetivo era haceros soñar nuevos mundos por medio de las palabras, animaros a acercaros a las historias de los libros con otra mirada, más profunda, más cercana, buscando navegar por sueños imposibles donde todo lo que sueñas, temes, buscas, o piensas…puede hacerse realidad.

   Las palabras crean nuestro mundo, me atreverá incluso a afirmar que lo que nos decimos a nosotros, eso es lo que somos, para bien o para mal.

  De palabras está hecha nuestra voz interior que como un tirano nos domina con fuertes amarras, hasta que gritamos: ¡Ya está bien! ¡Cállate, aquí mando yo!

De palabras están hechas las relaciones personales con los demás, lo que hablamos sin decir nada porque nuestro cuerpo lo deja claro con una mirada o un gesto, y de palabras están hechas todas las conversaciones que escuchamos, o a veces, oímos sin comprender muy bien qué dicen, como un soniquete que resuena y entra en nuestro cerebro, donde el subconsciente lo recoge y guarda por si le puede servir.

 De palabras están hechas nuestras peticiones, expresiones, súplicas, enfados y agradecimientos…de palabras está hecho el amor que sentimos cuando nuestro tono de voz se suaviza para que el sentimiento llegue a los que amamos…y entonces nuestro rostro se relaja y una suave sonrisa se dibuja mientras la voz se resbala por los labios hasta llegar al jadeo del placer…

  Palabras y emociones van unidas de la mano, no pueden sustentarse la una sin la otra, hasta que la emoción se eleva y deja   la boca reseca, hermética y cerrada sin poder emitir sonido alguno, aunque en la cabeza resuene la culpa, la ira, la rabia, o el dolor más intenso. La emoción toma el control, y la palabra se anula, dejándonos huérfanos y solos como en un desierto de arena.

 Palabras que son historias. Historias que son vehículos de emociones que transitan por nuestras neuronas y provocan nuestro cuerpo hacia la risa o la rabia, la incomprensión o la resignación. Acciones que tejen la vida, instante a instante, sin dejarnos a penas tiempo para elegir expresar aquello que realmente sentimos: Nuestra verdad.