EL RINCÓN DE GERMÁN. Edimburgo, la ciudad donde el tiempo no existe

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Dos senderos se abrían en el bosque, y yo tomé el menos transitado.

Esta es una conocida cita de Ralph Waldo Emerson, influyente escritor y poeta estadounidense del siglo XIX. Yo la comparto, porque siempre me ha parecido mucho más interesante y arriesgado en la vida tomar el sendero menos transitado. Y así lo hice, una vez más. El pasado 6 de abril, después de una fuerte y prolongada reflexión personal, tomé un vuelo de Madrid a Edimburgo, la maravillosa capital de Escocia. Detrás, muchas huellas, de diferentes tamaños, que el tiempo sabio irá borrando para que otros puedan caminar también. Un sendero, estrecho y pedregoso, lleno de recuerdos, felices y también tristes y nostálgicos. Recuerdos de mi añorado pueblo, Salas de los Infantes. De lo vivido junto a los míos, en familia, del calor de la chimenea en invierno y del sabor de las primeras castañas. De mis perros, de sus ladridos impertinentes, de sus juegos, de su calor y compañía en el ascenso al San Carlos. Recuerdos, Imágenes, sensaciones, pertenecientes al pasado, un tiempo que no volverá jamás.
Edimburgo, primer día. El sol se asoma en su esplendor para saludarme. Me siento pequeño, como un ratoncito asustado que busca comida y se esconde para no ser descubierto. Edimburgo, en su plenitud, se yergue como una ciudad encantada, como una urbe mágica y orgullosa, como esa niña de quince años feliz al enamorarse por primera vez. El aire es limpio y huele a mar. Me envuelve y me anima a seguir caminando, descubriendo sus secretos con paso lento, para no perder detalle. Es como un sueño maravilloso que nunca deseas que termine. Sus calles, muchas estrechas y oscuras, están parapetadas por esculturas que te miran desafiantes diciéndote, aunque no te lo creas, que tal vez el tiempo no existe. Mil y un jardines, llenos de luz y de color. Flores que componen mosaicos maravillosos, envolviendo y cuidando de los monumentos dedicados a los grandes hombres y mujeres de Escocia. Y gente, en sus calles, en sus coloridas terrazas, caminando, descubriendo la belleza de una ciudad tan enigmática y sublime que los envuelve y les hace perder la razón. Y llega la tarde, de ese primer día, y el sol se esconde tras un velo de color para descansar y volver con fuerza al día siguiente. Y yo, pequeño ante esta maravillosa ciudad, ya no estoy tan asustado y sonrío, orgulloso, por haber tomado el camino menos transitado una vez más. Sólo quiero esconderme y pasar desapercibido porque, como decía Alejandro Casona, no se puede andar cargado de joyas por un barrio de mendigos y se puede pasear una felicidad así por un mundo de desgraciados.

                                                                                                       Germán Martínez Rica