La Voz del Pinar, por Juan Largo Lagunas

Ahora, con los tiempos que corren, más teniendo en cuenta que se puede saber más de lo que sucede en New York que de lo que sucede en nuestra propia calle o en nuestro propio pueblo, pues ahora nadie sabía nada, pero hace sesenta años lo sabía todo el mundo…

 

 Nos referimos al caso de Leocadia de Miguel, natural de la comarca de Pinares, de un pueblo en concreto.

   Su caso llegó a altas instancias de los juzgados y a las más elevadas tarimas de la administración civil de la mismísima capital… Leocadia de Miguel había probado y tenido la rara –y mala, al parecer, por lo que le aconteció- fortuna de llegar un día al jardín de los Trévelez, veraneantes acostumbrados del pueblo y de la comarca, y, aprovechando un descuido en la pesada tarde de mediados de agosto, tomar o sustraer, desde su manera arbitraria, un precioso bebé de teta que estaba a la sombra metido en su cochecito, en tanto la familia se hallaba metida en el portal de la casa haciendo algo que les había obligado a dejar allí el bebé un momento y… ¡perderlo por otra mujer diferente a la madre!...

   El niño se dio por secuestrado por la familia –con grandes y frecuentes deliquios de la madre, que necesitó la atención de un médico- y por las autoridades, que en seguida pusieron en práctica los dispositivos necesarios para dar con la persona mala y egoísta de aquel hurto digno de ser maldito.

   Y hasta que apresaron a Leocadia, pasaron varios días, varios días en que por fuerza tenía que haber sido alimentado el niño con otra leche diferente a la de quien lo había engendrado y que tanto lo quería.

    Transcurrió así como más de una semana, acaso doce días hasta que los buscadores y los rastreadores, durante día y noche, dieron con la guarida de Leocadia en un chozo de ramas del pinar en su dirección más cercana al río. Pero bastante alto ese lugar en su relación al pueblo. Fue costoso pero las patrullas con los perros dieron con la mujer que había osado ponerle encima las manos al niño y aun demostrar querer tenerlo de su pertenencia. (Por entonces Leocadia no vivía con su familia de la linde austral del pueblo, y hacía mucho tiempo que vivía en el bosque.) Y no hubo piedad para ella. Los señores jueces de entonces no le mitigaron el sufrimiento de la pena de un lejano penal ni aun pudiendo comprender la obstinada disposición de hacer vida salvaje de la mujer, queriendo liberar a una criatura de los agobios que produce la debida vida en sociedad del pueblo.

   Pero todos los habitantes del pueblo lo recordaban, porque todos habían sabido de las palabras de Leocadia en el juicio. A la pregunta del señor fiscal a la señora Leocadia de Miguel por las razones por las que había secuestrado al niño, la señora doña Leocadia de Miguel respondió:

    -Era la voz de los árboles que me lo decían, la voz del pinar…

    (Esto mismo nos dijo un anciano del lugar cuando dijo que conocía a aquella anciana que pasaba como pasajera en un coche que iba camino de Burgos, aquella mañana de agosto en que unos arrapiezos estábamos contando las moscas en la puerta del bar cercano a la plaza del pueblo.)                                                    /// Juan Largo Lagunas