José María Álvaro, músico centenario, recibe este jueves 18 el Premio TVP 'A toda una vida' 2026
Texto: Alfonso Benito Rica
Los recuerdos del músico José María Álvaro Jorge son un repaso de las personas que conoció durante las fiestas de los pueblos con las orquestas, otros le recordamos como sacristán, organista, director del coro parroquial y maestro de música o solfeo. Disfrutó del homenaje de los vecinos de Araúzo de Miel por su 99 cumpleaños en el año 2025.
Es un enorme placer escribir este artículo sobre nuestro amigo y vecino ejemplar “José Mari”, quien tiene motivos suficientes para ser reconocido con el premio TVP “Toda una Vida 2026”. Es uno de esos incansables trabajadores, comprometido con la cultura del esfuerzo, leal con la palabra dada, toda una persona honorable por sus acciones y ejemplo a seguir. Cualidades que le han permitido ser propuesto mayoritariamente al reconocimiento por los amigos y vecinos vinculados con él desde Araúzo de Miel, o de otras muchas localidades donde tiene amigos agradecidos. Actualmente ejerce de bisabuelo, abuelo, padre y esposo. Nació un lejano 20 de julio de 1926 en Araúzo de Miel. Según nos cuenta José Mari:
“Soy hijo de Acisclo Álvaro del Río y de Ildefonsa Jorge Martínez. Nací en casa de mis abuelos maternos, Alejo Jorge Yagüe y Consuelo Martínez Conde, mi abuelo natural de Quintanarraya y mi abuela de San Pedro del Romeral (Santander).
Con seis años en la época de la recolección iba con mis padres a aprender a segar, echar gavillas para los haces y en la era a trillar, beldar, recoger la mies en una parva, etc.
A la edad de los seis años empezábamos la escuela hasta los catorce. Estuve un año en la escuela con D. Venceslao. Con el segundo estuve siete cursos, se llamaba Antonino Hervás natural de Coruña del Conde, era una maravilla enseñando.
Cuando yo compré coche tocaba con una orquesta de Roa de Duero y debido al mal estado de la
carretera de Caleruega iba por Huerta, un día paré en Coruña del Conde para saludarle y agradecer su magnífica labor. Me mandó sentar y estuvimos hablando del tema, y al final le hice la pregunta de cuantos alumnos fuimos con él y la contestación fue 104 chicos, en un aula que es la casa que hay a la izquierda de nuestra casa de arriba, estábamos apiñados”.
Ser agradecido con quienes ayudaron en su formación, como al maestro D. Antonino, sacar tiempo para visitarles en su vejez e invertir su tiempo con los demás, da muestra de su intensa humanidad.
Comenzó sus clases de solfeo a los 15 años en Araúzo de Miel con D. Pedro Blanco, con él y con sus hijos tocaban en las fiestas de los pueblos en la que se llamó Orquesta Arauceña. Tuvo también de maestros al “organista de Navaleno”, a D. Teófilo Arroyo y a los músicos especialistas de la banda musical militar del regimiento San Marcial nº 7. El autoestudio y su capacidad para la música le ayudaron a mejorar su interpretación musical. También fue cantante solista en las orquestas y manifiesta su preferencia por los boleros.
Completó los ingresos a la economía familiar en lo que hoy se denomina “hacer bolos” en solitario o en orquestas interpretando con instrumentos como el trombón, trompeta, acordeón, piano, y hasta el ya más moderno para la época como fueron los primeros teclados eléctricos. Actuaba en fiestas patronales, bodas y salas de baile de fin de semana. Se especializó en interpretar música religiosa de órgano para iglesias en Navaleno inicialmente y posteriormente en Araúzo de Miel, ejerciendo también como sacristán.
Estuvo con otras orquestas, que su memoria recuerda como Orquestas de “Teófilo Arroyo”, de “Gento”, de “Los Chispas” de Huerta de Rey, de “Los Anises” de Mecerreyes o la de “Roa de Duero” entre otras. Actuaba fijo o para cubrir vacantes ocasionales. ¡Toda ocasión de trabajar era bienvenida y se aprovechaba! Comenta que se ganaba un escaso jornal, que aún tiene pendiente de cobrar en algunos casos, que recuerda sin acritud, reconoce que la vida era dura para todos.
Se viajaba a pie, ocasionalmente en carro, luego en bicicleta, cambió a la moto, cuando era posible en autobús de línea, hasta que se pudo comprar un coche que aliviaría el trajín por los caminos de barro o piedra y polvo… ¡Cargados con los instrumentos musicales!.
Entre las muchas localidades que su memoria recuerda por haber estado con las orquestas menciona a su pueblo Araúzo de Miel, Huerta de Rey, Araúzo de Salce, Araúzo de Torre, Burgos, Aranda de Duero, Lerma, Mansilla de la Sierra, Canales de la Sierra, Salas de los Infantes, Arroyo de Salas, Hoyuelos de Salas, Castrillo Solarana, Navaleno, Cabrejas del Pinar, Valdeajos, Mecerreyes, Covarrubias, La Gallega, Bahabón de Esgueva, Cilleruelo de Arriba, Cilleruelo de Abajo, Roa de Duero, Brazacorta, Zayas de la Torre, Bascones, Orillares, Caltójar, San Leonardo de Yagüe, Huérteles, Garray, Ucero, Quintanar de la Sierra, Vilviestre del Pinar, Santa María del Mercadillo, Caleruega, Moradillo de Roa, Cascajares de la Sierra, Barbadillo del Mercado, La Vid de Bureba, Sepúlveda, Santa Cruz de la Salceda, Hontoria de la Cantera, Villavelayo, llegó hasta localidades de Valencia o Valencia de Don Juan en León.
En algunos pueblos se dormía se casa de los vecinos y se comía junto a las familias. En localidades grandes se comía con el Ayuntamiento, el Cura y el Médico, la sobremesa se acompañaba con café, copa y Farias. Siendo muy común acabar cantando jotas o coplillas antes de que la orquesta amenizara la fiesta patronal con pasodobles y otros bailables. Impartió clases de solfeo a niños y adolescentes en Araúzo de Miel, Huerta de Rey y Espejón. Dirigió al coro parroquial de Araúzo de Miel, recorriendo la comarca en los encuentros de villancicos organizados por el Arciprestazgo. Para acabar con un mensaje de José Mari:
“Estoy contento de haber aportado algo con la alegría que yo disfruté haciendo feliz a la gente de los pueblos donde interpretábamos nuestras canciones. Para todos un grato recuerdo. ¡Me siento satisfecho de mi deber cumplido!”