Nuestros abuelos de hace 1.500 años, por Javier Plaza

Necrópolis del alto Arlanza. Foto: Javier Plaza.

Caminar por los pinares y montes de nuestra comarca es como pasear por las páginas de un libro de historia tallado en roca. Un libro que, a veces, nos cuesta comprender ¿Quiénes fueron aquellas personas que crearon las numerosas necrópolis del Alto Arlanza? ¿por qué en piedra? ¿por qué justo aquí?

 

Durante mucho tiempo, los libros de texto tradicionales nos contaron que, tras la llegada de los musulmanes a la península en el año 711, toda la cuenca del río Duero quedó convertida en una "tierra de nadie", un desierto despoblado que separaba los reinos cristianos del norte del Emirato de Córdoba al sur. Según esta teoría, no habría quedado nadie en Pinares para recibir a los árabes, pues todos habrían huido a las montañas del norte.

Sin embargo, las investigaciones llevadas a cabo en estas necrópolis demuestran una realidad muy distinta. Esta comarca era, en época romana, una zona apartada y poco urbanizada. Cuando el Imperio Romano cayó en el siglo V, se produjeron grandes crisis y desplazamientos de población, y la gente buscó refugio en los montes, en lugares seguros y de difícil acceso, como los de Pinares. Durante la época visigoda (siglos VI y VII), estas comunidades vivían de forma libre y tranquila en pequeños poblados aislados. Ni la conquista musulmana ni las guerras lejanas borraron a estas gentes de nuestros mapas. Vivían aquí, trabajaban la tierra y criaban a sus familias ajenos a las grandes disputas de reyes y califas. Fueron estas comunidades, pacíficas y aisladas de los grandes eventos geopolíticos, las responsables de la creación de estas maravillosas necrópolis.

¿Cómo sabemos que estas necrópolis pertenecían a comunidades estables y pacíficas? La arqueología nos da pistas muy claras. En primer lugar, los poblados de la comarca no estaban protegidos por murallas ni por castillos defensivos. El centro de la vida comunitaria no era la fortaleza de un señor feudal, sino la pequeña iglesia del pueblo. Unas iglesias que serían el núcleo central de estas incipientes comunidades.

Necrópolis de Revenga.

Estas primeras iglesias, cuya planta se puede adivinar en las rocas de Revenga o Cuyacabras, eran construcciones sencillas de piedra y madera. Al observar la disposición de las tumbas excavadas en la roca alrededor de ellas, los investigadores notaron un detalle fundamental: no hay enterramientos dentro de los templos. Esta costumbre respeta fielmente las normas del Concilio de Braga del año 561, que prohibía tajantemente enterrar a los difuntos en el interior de las iglesias.

Por lo tanto, podemos situar el origen de estas iglesias y sus necrópolis aproximadamente en el siglo VI, aunque es muy probable que las familias llevaran ya asentadas en el lugar desde hacía tiempo. La gente deseaba reposar lo más cerca posible del altar y de la cabecera del templo, buscando la protección divina y el amparo de los santos y mártires. Esta profunda fe popular se mantuvo viva durante siglos, al menos hasta los siglos X y XI, cuando las costumbres funerarias comenzaron a transformarse poco a poco, y aparecieron los cementerios, mucho más prácticos y, sobre todo, más higiénicos.

En la necrópolis de Revenga

Gracias al trabajo meticuloso de arqueólogos e investigadores como los de la Universidad de Barcelona (entre ellos es preciso destacar las investigaciones actuales de la doctora Karen Álvaro), hoy podemos hacernos una idea muy precisa de cómo transcurría la vida diaria de nuestros antepasados.

Aquellos hombres y mujeres vivían en casas humildes adaptadas al clima de la sierra. En yacimientos como Revenga se observan varias fases en la construcción de las viviendas. Las más antiguas eran pequeñas chozas circulares de apenas 3 a 8 metros cuadrados, hechas con postes de madera y cubiertas de vegetación, con un fogón central para calentarse. Con el paso del tiempo, las casas pasaron a ser rectangulares, de mayor tamaño (entre 11 y 26 metros cuadrados) y con sólidos muros de piedra. Poco a poco, se observa que estas comunidades fueron progresando a lo largo de la Edad Media.

No eran grandes ciudades, sino pequeñas aldeas dispersas formadas por familias extensas que vivían fundamentalmente de la ganadería, el aprovechamiento de la madera de los pinares y pequeñas huertas. La sociedad era bastante igualitaria. No hay grandes tumbas ostentosas que destaquen sobre otras, lo que demuestra que no existían grandes diferencias de riqueza entre vecinos. Además, se observa un gran respeto social: cuando una tumba ya estaba excavada en la roca, se respetaba con el paso de las generaciones sin destruirla.

Las necrópolis también guardan el testimonio de la dureza de aquellos tiempos. Los estudios antropológicos revelan una cifra desgarradora pero reveladora de la época: una altísima proporción de las sepulturas corresponde a niños y jóvenes. En el caso de Revenga, por ejemplo, el 35% de los enterrados eran niños y el 24% adolescentes; solo un 41% alcanzaba la edad adulta.

Además de las tumbas con la forma del cuerpo humano, las rocas de nuestras necrópolis esconden grabados y símbolos misteriosos. Se han encontrado inscripciones de cruces de diversas formas, figuras de jinetes a caballo, representaciones humanas e incluso laberintos. Estos símbolos nos hablan de su espiritualidad, de sus creencias y de su deseo de dejar una huella perdurable en el tiempo.

A partir del siglo X, con la expansión del Condado de Castilla, la comarca pasó a integrarse de lleno en el alfoz de Lara. Hacia el siglo XIII, la forma de vida cambió. Poblados como Revenga o Cuyacabras terminaron por despoblarse, pero otros pervivieron: Regumiel, Vilviestre, Palacios o Duruelo pueden rastrear sus orígenes nada menos que hasta estas comunidades que crearon las necrópolis. Son nada menos que 1.500 años de antigüedad, al menos, a falta de que se encuentre algún resto de época romana, cosa que no podemos descartar todavía.

La próxima vez que paseemos por Revenga o Cuyacabras y contemplemos esas tumbas excavadas en la roca, no debemos verlas como ruinas frías u olvidadas. Somos sus tataranietos, y ellos son nuestros antepasados. Un motivo más para cuidarlas, protegerlas e investigarlas. Aquellos que las tallaron quisieron que fueran eternas. En nuestra mano está continuar su legado.