La escasa valoración en el trabajo de las cuidadoras de atención domiciliaria

En esta vida tan acelerada que llevamos, pasa inadvertida la labor de muchas personas que, en su trabajo, como voluntarias, con su familia, como realización personal o por colaboración, se vuelcan en hacer más fácil la vida a los demás, entre ellos los más mayores, necesitados de mayor atención, y a quienes se les asiste de forma constante y completa.

 

Es esa dedicación callada, anónima, muchas veces poco valorada, y siempre exigente, la que desempeñan muchas personas que tenemos alrededor, y a quienes no consideramos como se merecen. Me refiero principalmente a mujeres que atienden a personas mayores en sus casas, limpian las estancias, les ayudan en su higiene personal, preparan la comida y alegran su día a día.

Gracias a ese trabajo de la cuidadora de atención domiciliaria,  muchas personas siguen viviendo en sus casas, y no se ven obligadas a desplazarse a un centro geriátrico, a veces en otro pueblo, perdiendo referencias, confundiendo recuerdos y padeciendo un desarraigo todavía más duro cuanto más se avanza en edad y experiencias.

No son tareas fáciles y se ven sometidas a continuos riesgos. Cargan con pesos, a veces muy superiores a lo que son capaces se soportar, y ello les lleva a sufrir dolencias, en ocasiones continuadas y de las que no logran recuperarse plenamente. Mantienen posturas forzadas con consecuencias a largo plazo. Se ven sometidas a agresiones, incomprensión o rechazo, bien por parte de las personas a quienes atienden, a veces con cambios bruscos de comportamiento, u otras por familiares o personas cercanas que recelan de su trato a la persona para quien trabajan o colaboran.

No tener una tarea clara a realizar, con un amplio elenco de trabajos asignados, complica el desarrollo de su cometido, creando la sensación de incompetencia, abandono de trabajos o selección subjetiva de realizaciones diarias.

A todo ello se suma una remuneración escasa, fruto en parte de un comportamiento cicatero, dando la sensación de que se está sangrando al familiar, en vez de contemplarlo como un beneficio para los mayores para quienes trabajan.

Es este exceso de trabajo, y la posible incomprensión de beneficiarios y familias, lo que degenera en un desgaste emocional que desemboca, en no pocas ocasiones, en depresiones a veces incomprendidas.

Buena parte de quienes realizan estos trabajos se han tenido que desplazar de sus lugares de origen, donde tienen todavía parte de su familia, y es esa consideración de inmigrantes la que pesa como una losa en su plena integración en los núcleos donde realizan su trabajo.

Es de agradecer y valorar el trabajo que desempeñan estas personas, en su mayoría mujeres. Su labor es básica para mantener la vida en los pueblos. Deberían de estar mejor consideradas, su trabajo bien pagado y garantizada su integración social. De lo contrario estaremos contribuyendo a sembrar en las nuevas generaciones el germen de una sociedad más injusta e imcomprensiva. Recordad que nos va la vida en ello.