Los problemas en los municipios forestales siguen apartados y los montes languidecen

 En el tránsito hacia  una nueva Legislatura en el gobierno autonómico de Castilla y León, estamos viendo como los temas forestales apenas interesan, se dejan arrinconados o se mezclan con esa percepción urbana de una necesidad de proteger la naturaleza, y que acaba en parques y jardines del entorno. Apenas se ha hablado de ello en la campaña, mucho me temo que no se abordará el problema en Las Cortes regionales.

 

Estamos en la Comunidad más forestal de España, y una de las mayores de Europa. Son tres millones de hectáreas arboladas, con una diversidad de ecosistemas que son clara muestra de la riqueza y abundancia de un recurso que tenemos marginado, al albor de una tenencia público-privada que adultera la propiedad comunal de muchos montes, y convierte estos terrenos en huertos de árboles a los que sacar un rendimiento a corto-medio plazo.

Estas masas forestales están ubicadas en los rebordes de Castilla y León. Las áreas montañosas siempre han sido espacios hostiles, alejados de los centros de poder y denigrados por una sociedad que vivía del campo, y cuyas familias medraban con el cereal, las leguminosas o la lana.

A medida que la sociedad urbana pudo disfrutar del tiempo de ocio, los montes inhóspitos, y a veces inaccesibles, se convirtieron en terreno preferido para disfrutar del descanso, en unas vacaciones oxigenadas, donde coger fuerzas para reanudar la vida en la ciudad.

Muchos siguen convencidos de que los pinos crecen solos, los arroyos se canalizan por capricho de la naturaleza y las setas se reproducen por efecto de la luna llena. Y es que estas zonas que admiramos por su belleza y formas agrestes, languidecen ante la falta de ayudas y apoyos institucionales. Mientras el dinero de la PAC va a los bolsillos de los propietarios de terrenos de uso agrícola, los municipios forestales se las ven y desean para cuadrar sus cuentas anuales. Sabedores de tener un recurso que podría aliviar las cuentas municipales, se encuentran constreñidos por normas obsoletas y espacios protegidos,  con una gestión forestal que emana con directrices, muchas veces absurdas, de gente que desde los despachos pretende dirigir el destino de estos montes que las generaciones anteriores han cuidado con esmero y sin comprensión de una sociedad que ni los conocía ni pretendía entenderlos.

No falta mucho para que empecemos una nueva campaña contra incendios y, de un año a esta parte, todo sigue igual. En todo caso, hemos hecho algo, para que nada cambie. De cara a la galería, se está queriendo dar la impresión de que se cuenta con más medios, hay unidad entre los dispositivos involucrados, y hemos aprendido la lección.

Cada vez me da más la impresión que lo único por lo que echarían en falta estos territorios cuando, progresivamente, perezcan bajo el fuego si no se cambia la política forestal, es por el problema de tener que cambiar el lugar de veraneo. Todo dramas, qué triste.