"El autobús con baca" de Don Roberto Alonso Olalla

Recordar es volver a calzar aquellas botas que todavía quedaron machadas de barro. Recordar es retroceder a la luz de una vela aquellos caminos que ya dejamos atrás. Recordar es asistir a la boda del pasado y del presente soplando con mimo las velas de nuevo pastel. Hoy quiero, si me lo permiten, recordar al gran investigador de Hacinas Roberto Alonso Olalla. Y quiero hacerlo dejando escrito aquí “El autobús con baca”, una de las historias que componen su maravilloso libro “50 relatos sobre personajes, sucesos y temas populares de la comarca serrana”. “Los primeros autobuses en la provincia de Burgos datan del año 1907. En Salas de los Infantes había en el año 1927 dos camionetas de seis y ocho plazas para el transporte de viajeros. Eran propiedad de Adalberto Bengoechea y Francisco Ibáñez y seis conductores locales a los que el ayuntamiento advertía si sobrepasaban los 20 kilómetros hora exponiéndose a fuertes multas. Los coches de línea en aquella época eran muchos de segunda mano y modelos muy anticuados. Debido a la carencia de gasolina, usaban como combustible el gasógeno. Para ponerlos en marcha, el chofer dejaba  la puerta abierta mientras daba vueltas a una manivela que había delante del motor. Cuando se ponía en marcha entraba en el vehículo que arrancaba introduciendo la velocidad y apretando el acelerador. Las carreteras eran caminos sin firme y el autobús dejaba una estela de polvo cuando arrancaba que ponía a los viajeros y curiosos perdidos de suciedad. En aquella época el autobús tenía en la parte superior una baca, soporte donde se podían colocar los equipajes y acomodarse los viajeros en caso de haberse ocupado el de la planta baja. Allí sufrían el calor en verano y la lluvia, la nieve o el frío en invierno. Un día colocaron en la baca un ataúd que habían encargado a una funeraria en Burgos para un enterramiento. El autobús iba lleno hasta los topes de viajeros y en una parada se subió un cliente que no tenía sitio y tuvo que subirse a la baca. Llovía intensamente y al viajero, sin paraguas, no se le ocurrió mejor idea que meterse en el ataúd para protegerse del agua. En una nueva parada, otro viajero subió a la baca y ya en marcha, el que estaba metido dentro del ataúd levantó un poco la tapa para respirar y sacó la mano para ver si escampaba a la vez que exclamaba: “¿Ha dejado ya de llover? Esto que vio y oyó el segundo viajero, creyendo que el muerto estaba vivo, horrorizado saltó de la baca y se lanzó, sin pensar en las consecuencias, al vacío, dándose tal golpe contra el suelo que terminó en el hospital.

Como diría el gran poeta inglés Percy Shelley “cuando las voces suaves mueren su música vibra aun en la memoria”.

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