Los abuelos

La tarde la he vivido en un paseo solitario por parajes de caminos sin huella cercados por la maleza y el olvido.

Nada que ver con aquel paisaje de mi juventud cuando los animales seguidos de sus dueños trazaban en el suelo la impronta vital del pueblo. Nos hemos dado la mano su soledad y la mía y nos hemos comprendido: nace un deseo de esperanza en otras formas de vivir, aún cuando yo haya muerto. En la semilla de nuestra semilla y por generaciones habrá, quizá, otros sonidos y otras historias dibujadas en estos caminos solitarios. Desde la profundidad de los valles se escribirán otras formas de vivir con la nueva tecnología, mucha imaginación y un apoyo estatal ahora obsoleto.
    Cae la noche y el silencio se va adueñando de las calles y las casas. Los nietos, desde sus fotos enmarcadas nos hablan del alboroto de sus juegos del verano, de los horarios inexistentes, de sus risas y lloros incomprendidos y, sobre todo, de la ternura de sus besos y abrazos.  A los abuelos nos crece la ilusión de trascender en ellos y dejarles como recuerdo, cuando sean adultos, nuestro cariño pegado a su piel. “Dejamos mucha siembra buena”, me decía una abuela orgullosa de su numerosa prole de nietos. Por eso, los cuidamos. Porque los queremos. Pero nos da miedo su futuro. Mucho miedo. 
    Hay abuelos cuidadores ocasionales; otros a tiempo parcial; otros que fichan los mismos horarios laborales de los hijos, más los extras… Hay abuelos mermados de salud con horarios “laborales” excesivos y una mengua económica por gastos de mantenimiento de los hijos en el “paro laboral” Muchas veces los nietos nos desbordan y no conseguimos el mínimo sosiego para una convivencia ordenada. Pero los tenemos a nuestro lado. Y los añoramos cuando se van. 
    Los abuelos somos, en un porcentaje nada desdeñable, un colectivo social importante en la productividad del país. En el cuidado de los nietos se anteponen los afectos a la obligación. Pero muchas veces en la intimidad del hogar mandan los compromisos personales. No es el cansancio del vivir con los cuerpos menguados y la memoria lejana lo que nos hurta la alegría  Es ese número escandaloso de niños que no tienen qué comer. Que viven desprotegidos. Y que podrían ser nuestros nietos. 
Señores gobernantes: con los niños no se hace política. Ni monarquía, ni república, ni de derechas, ni de izquierdas. A nuestros nietos se les deben todos sus derechos: un hogar; una escuela pública hasta donde su capacidad y vocación le lleven; una sanidad sin cambalaches y los afectos añadidos de una sociedad que escribe en ellos su futuro. Los besos y abrazos, además de los papás, se los damos los abuelos. ¡Somos muy ñoños de tanto quererlos! ¿Es que no lo ven? 
Para nuestros gobernantes los niños son números en unos papeles. Por eso cierran comedores en verano. Para cuadrar cifras.