Con arrojo y valentía

Seguimos con este “encarcelamiento” impuesto para asegurar nuestra subsistencia. Sobre todo a partir de los 65 años de vida, a quienes se nos denomina ancianos.

                                                        

 

Pertenezco a este grupo de personas especialmente vulnerables al coronavirus. Las células de nuestros organismos están debilitadas de tanto luchar por vivir con salud. Y ahora estamos sin  armas adecuadas para ganar la  guerra  a esta pandemia. Así nos lo explican los expertos y lo entiendo. Pero la invasión vírica no es la misma en los diferentes lugares de nuestra geografía. Hay que prevenir el contagio a toda costa. Y el confinamiento en casa da una clara respuesta a su propagación como arma letal. Pero en nuestra tierra de Pinares no existe una alarma viral semejante a las grandes urbes. La verdadera emergencia de los pueblos es la ausencia de población. Con esta pandemia de la España vaciada, los políticos se instalan una gran mascarilla para no percibir la ausencia de vida rural cuando desaparezcan los mayores. Ello sucederá no pasando muchos años. Los mayores son, ahora, los pilares que sustentan las luces del vivir en los pueblos. Los que cumplimos años, salimos de una guerra civil y no sabíamos otra política que la “Obediencia Debida”. Y la subsistencia se alcanzaba con el trabajo extraído en tierras difíciles de labrar; con el cuidado de animales… Y con la emigración a países, a veces, lejanos. En tierra de Pinares era una ayuda sustancial, la “suerte de pinos”, un bien comunal de cierto rendimiento económico, ahora muy reducido.

            El estado anímico se degrada cuando la soledad de las personas mayores en las casas se hace insoportable por la falta de actividades. Las relaciones sociales se pueden mantener con el entorno, en esa suma de recuerdos vividos y añorados. Puede solucionarse con el cultivo de unas plantas en el huerto, o el cuidado de unas gallinas o unos cerdos. Estos pequeños trabajos, aunque reducidos en tiempo, generan una mejora en el estado anímico. El coronavirus nos puede arrebatar la vida. Pero vivimos en un entorno despejado de esa amenaza. El confinamiento general supone la ausencia de consultas médicas  para todas aquellas patologías no graves. Ello genera grandes dosis de ansiedad, porque el organismo, normalmente, no se defiende sólo. Dependemos de los médicos de familia, y de las consultas con nuestros especialistas. Hay que vencer a los problemas psicológicos generados por la pandemia. Y la depresión y la ansiedad no son males menores. En ello nos jugamos el equilibrio emocional.

            Un poema de Francisco Villaspesa que retrata mis sentimientos: “El mayor dolor del mundo/ no es el que mata de golpe/ sino aquel que, gota a gota/  horada el alma y la rompe”. No olvido el arrojo y valentía de Félix Rodríguez de la Fuente, en el 40 aniversario de su muerte. Copio sus palabras: “Si alguna buena inversión se puede hacer en España, es a largo plazo y consiste en conservar nuestras bellezas naturales. Porque en Europa y en el mundo hay hambre de bellezas naturales” Podemos tener futuro.

           

            Guadalupe Fernández de la Cuesta