Por los laberintos de la memoria

El frío se ha vestido de blanco y cubre el paisaje. La nieve me trae recuerdos encadenados en la memoria lejana. Esa bendita memoria se acomoda  y se regodea en lo mejorcito de nuestra papilla cerebral.  

La memoria próxima anda de huelga. Los de la edad más o menos tardía nos preguntamos muchas veces como se llama esa persona a la que le ponemos rostro, habla, gestos, andares, vestimenta… y que hablamos con ella, que puede ser un familiar o un vecino. O un personaje famoso: ¿Cómo se llama ese torero marido de una folklórica que tuvo un accidente…(todos los detalles menos el nombre del sujeto) O qué demonios hicimos ayer, o antesdeayer. O donde andarán las tijeras, el monedero, los papeles del médico… que estaban siempre ahí, en su sitio y que no los ha cogido nadie.

             Los psicólogos afirman que a partir de la edad de los cuarenta la memoria entra en declive. Sin embargo la realidad nos confirma la existencia de una memoria privilegiada en algunas personas muy mayores. ¿Qué hacen? Seguramente su información genética heredada juegue su papel pero no es menos cierto que sus benditos genes vayan cosidos a un sin fin de pericias manipulativas o cerebrales capaces de alertar la atención en el cerebro.

Porque es la atención la que fija los recuerdos de nuestra vida. A la mayoría de los tardíos se nos fue de paseo. Puede suceder que el caldito de verduras y huesos de la olla se nos fuera tras el colador al desagüe de la fregadera porque, justo en ese momento, la actividad se distrajo hacia otras esferas del pensamiento. Atraer a la atención es asumir una disciplina en nuestro recorrido diario como el programa que nos fijaban los padres para volver a casa: sin contemplaciones. Recojo aquí algunos de los consejos que un amigo psicólogo clínico dicta en sus talleres de memoria: Hacer uso de los sentidos para reforzar la memoria visual, auditiva, táctil, olfativa... Manipular objetos: coser, pintar, arreglos en las casas… Lectura, cálculos numéricos… Y lo más fácil: paseos, juegos de mesa y relaciones sociales.

 En resumen: aceptar la búsqueda de soluciones modestas y tangibles que hagan mejor la vida. Y vivir el presente.

 

Guadalupe Fernández de la Cuesta.