Pequeños pueblos olvidados

En la escuela del vivir en los pueblos conocemos tareas nunca olvidadas y poco comprensibles para las siguientes generaciones.

Sabemos, entre otras cosas, como se hacían tierras de cultivo en bancales donde se sembraban el trigo, centeno u otros cereales de menor uso necesarios para la subsistencia de la vida familiar en su justo significado. Sabemos cómo los caballos eran imprescindibles para el acarreo del trigo o centeno y la leña de casa. Todo el arreo del animal se iniciaba por colocar la cabezada, y luego la albarda (el aparejo) sujeto con la cincha bajo su tripa y con el ataharre rodeando sus ancas para inmovilizar la montura. Y sobre esa montura, ajustar la salma donde cargar los haces hechos de gavillas atadas con el vencejo. Estos caballos tenían su propia identidad vinculada al dueño, a su nombre propio y a su cencerro. Los adolescentes, más o menos crecidos, éramos los encargados de llevarlos por la tarde al monte, una vez finalizadas las tareas del acarreo de los cereales, de la hierba, o de otros deberes de carga y traslado. Y hacia allí corríamos montados “a pelo” sin otro aditamento para sujetarnos que el ramal de la cabezada y las crines donde nuestras manos se afianzaban para evitar la caída en este galope descuidado y temerario. Llegados al destino, atábamos las patas delanteras con una manea de hierro y comprobada su sujeción le quitábamos la cabezada, y con una última mirada al caballo regresábamos a casa olvidándonos de él y del sonido de su cencerro cada vez más débil. Allí quedaba, sólo y maneado. Podía deambular por entre escasos y difíciles caminos en un encuentro con sus pastizales. Para su alivio, íbamos a su encuentro al día siguiente por la mañana temprano, y no era difícil su localización por estar mermado en su caminar. Sólo pasaba una noche en esta situación medio carcelaria en una naturaleza rebosante de vida.

            Los pueblos pequeños (vida rural vacíada) somos ese animal frente a un horizonte vital. No tenemos acceso a otra andadura que la de permanecer atento a un posible rescatador que nos desate la manea. Es más: puede suceder que a nuestro lado se afiancen otras ataduras. Así la movilidad es nula. Y más aún: puede suceder que el encargado de nuestro rescate, vaya por otros derroteros y se olvide de nuestra existencia. A este olvido cabe añadir todos los ajetreos, ya sean de índole política o de la administración pública, que caen encima de cualquier solicitud de mejoras de esa realidad infravalorada de la vida rural. Con resultados, casi siempre negativos.  

Estos pueblos vacíos, igual que el caballo, necesitan ayuda para sobrevivir. Las leyes escritas en un papel no saben de la adversidad de los pueblos cuando les cierran el bar, o el restaurante municipal por problemas de contagio de la gente por esta pandemia del “coronavirus”. ¿Qué gente? ¿Dónde se aglomeran los pueblerinos? ¿No ven que están maneados y no aguantan más de pie? Leyes. Estados de Alarma. Confinamientos… Todo ello es absolutamente necesario para superar esta crisis del Covic. Pero con una mirada a los pueblos olvidados. No es equiparable la vida social de una ciudad con los asentamientos rurales de casas cerradas. Resulta obvio afianzar nuestra pequeña economía. Nuestros gobernantes deben hacer el surco de la vida de los pueblos y no el triste camino del cementerio.

Guadalupe Fernández de la Cuesta