Urge aprender de la naturaleza

En el tránsito de mi vida como Maestra de Escuela debo reconocer que en mi didáctica de la enseñanza de los diferentes conocimientos primarios he valorado los hábitos de comportamiento tanto como el aprendizaje de la materia.

En este sentido debo afirmar que los alumnos han sido mis maestros en el arte de recabar actitudes responsables en el vivir. Y en el de fomentar sentimientos solidarios ante las necesidades de los seres humanos. Decía mi madre ante un comentario de comportamientos: “A ver, hija, cada cual es cada uno y hace sus “caunadas”. Son estas “caunadas” las que he tratado de modificar en pro de unos comportamientos sensatos y humanitarios. Mi experiencia como Maestra de una escuela unitaria en pueblos ha sido diferente con la tutoría de una clase de niños en un colegio público de Madrid. Los alumnos del pueblo ya traían una lección aprendida en el Libro de la Naturaleza con todos los sentidos abiertos al paisaje que les rodeaba. Sabían de sus árboles, arbustos, y diversas plantas vegetales. Y del trabajo en la tierra y del cuidado de los animales. Y del respeto que a ello se debía aunque, a veces, se sufría el castigo ante la irrupción malévola a ese cuidado innato hacia la Naturaleza. En el colegio de Madrid llevaba a los alumnos de excursión al campo, lejos de la urbe, como lugar prioritario en las tareas escolares. Era lo mejor para hablar de la vida en la Naturaleza y de su vinculación a la existencia de los seres humanos. En una ocasión quisieron premiarme con un ramo verde cogido en una pradera lejos de mi percepción visual. Oí los gritos y me asusté. Trataban de hacer un ramo con ortigas y alguna rama de espino incrustada. Yo había dado las aclaraciones oportunas de bichos y plantas, pero no disponía de tecnología para mostrar tanta profusión vegetal y animal que pudiera dañarles. El autobús nos devolvió a un centro médico donde hacer las sanaciones oportunas. Algo aprendieron de plantas “urticantes” y “espinosas”.

            Estamos asistiendo a un declive de la Naturaleza de tal calibre que nos lleva a estragos de difícil reparación. Los montes sufren incendios devastadores sin que se pueda mitigar a tiempo su fuego destructor. El agua escasea y no llueve. Las temperaturas se elevan de forma inadecuada en este tiempo no veraniego. La atmósfera que nos rodea ha incrementado la concentración de dióxido de carbono y otros gases perjudiciales y nuestro planeta Tierra se ha transformado en una olla de presión con un calentamiento global de nefastas consecuencias para la salud humana. La Naturaleza es un libro abierto para leerlo en su contexto real. También para futuros alumnos rurales. Yo he conocido la limpia en el monte; hacer entresacas de pinos; aserrar la madera con tronzadores… En definitiva: cuidar el bosque y las plantas. Ese aprendizaje es esencial para todos. No se puede inmolar la experiencia en aras de las redes sociales, ni en papeles en los despachos, por muy versátiles que sean. Ahí no están las ortigas. Las actitudes de respuesta a los problemas entran no sólo en la intelectualidad sino en la experiencia presencial.  He visto tractores arrastrando maderos en medio del pinar con residuos de leña abandonados sin control por el suelo; un pinar enfermo por contaminación insectívora; la inexistencia de frutos comestibles en el suelo del pinar... Habla la Naturaleza. ¿Cuál es la respuesta? 

 

            Guadalupe Fernández de la Cuesta.