domingo 7/3/21

El Cuento de LA YEGÜA NEGRA, por Juan Largo Lagunas

Estaban el cantinero, el Tío Mendo y la madre y algunas vecinas, junto a la cama en la que yacía Mateíto. Se encontraban lo suficientemente serios esperando el último momento.

Juan Largo
Juan Largo

 La amiga del niño, de Mateíto, que se llamaba Piolina, y que era hija del jardinero de la casa de los Toribios y que ahora era desaparecido, pues se había ido hacía unos meses fuera del pueblo, teniendo que decirle a la niña la tía que la cuidaba, que se había ido a América a buscar fortuna y que, cuando volviera, ella con su padre iban a ser ricos y dichosos pudiéndose comprar cualquier buena casa del pueblo, su amiga Piolina, se dice, era testigo de todo lo que sucedía en aquella habitación con velas encendidas y gran parte de esa estancia en penumbra, y como si los allí congregados fueran fantasmas que, de cuando en cuando, suspiraban y decían “ay” cortando el resto del lamento como si no tuvieran derecho a expresarlo un poco más. Piolina se encontraba justo en el vano de la puerta y miraba al rostro inmóvil del niño boca arriba en la cama.

    Iban juntos a la escuela, ya tenían once años y siempre estaban juntos en la calle y en la escuela, tenían entre ellos un asunto de intimidad que nadie podían nombrar y que los hacía diferentes para los demás niños y vecinos. Estaban muy unidos. Incluso –tal como recordaba Piolina- habían planeado una vez el hacer un largo viaje, un largo viaje al mundo fuera del pueblo, pero no solo fuera del pueblo, sino queriendo llegar a Canadá, donde decía Piolina que estaba su padre, para buscarlo por allí…

    Pero llegaron los preliminares de aquel suceso que nadie se explicaba muy bien. Habían vivido todos los vecinos en la inercia de los días en que hacían sus trabajos y tenían sus faenas, y no habían pensado ni en sueños en el futuro que les venía, les había llegado ya, y lo que en él sucedía. Las voces de otros pueblos y de la ciudad y del pueblo nuestro daban rumores e información que había que descifrar un poco (aunque enseguida era descifrada y hacía santiguar a las ancianas, obligando también a santiguarse a las jóvenes) sobre la llegada de la gripe del año más allá del 1900. Fue un tiempo de horror y sin embargo habían vivido todos a espaldas de la calamidad; ahora muchos o todos creían en Dios…

     Aunque, la cena que tuvieron un día los Toribios fue algo que demostró la fe de aquella familia. Todo el mundo vio, en la plaza del pueblo, cómo, alrededor de una mesa, se sentaban padre y madre Toribios y los hijos, comiendo con risas y chismes una cena que parecía grande y que no se privaba de todo lo que se privaban ellos mismos, los Toribios, y el resto del pueblo, durante el resto del año. Parecía una feliz celebración. Hasta había vino a espuertas…

     Había fallecido la tía de Piolina, hacía tres días, como un anticipo a esa fiesta y a los días por venir, y anunciando un acontecimiento que habría de quedar en la memoria de los vivos durante mucho tiempo; Piolina había pasado al cuidado de la familia vecina de su tía y de su casa, de algún modo parientes. Hay que decirlo: Piolina no tenía madre que hubiera conocido nunca y estaba soñando día y noche con la esperanza de la vuelta del padre del Canadá….

     La mayor certeza que tuvieron de que les venía la desgracia no era sin embargo de la muerte de la tía de Piolina, sino de otro mundo, del Otro Mundo, del mundo de los sueños sueltos, desbocados, misteriosos y determinados y llenos de tristeza o pena, de la angustia de la yegua negra que, durante una noche, hacía una semana, había estado dando sus quejidos por las inmediaciones del pueblo y dentro del pueblo mismo, por sus calles, como enloquecida y como si se le desbocara a ella también el aliento y no pudiera refrenarlo y solo relinchar y relinchar con un tono lúgubre y hondo y agudo, de animal enfebrecido y enfermo…

    Por la noche, antes del llanto de la yegua negra, algunos también escucharon desde sus alcobas en las casas, al tiempo en que el reloj de la iglesia dejaba de dar las doce, al lobo, en aquel día de marzo ventoso y frío, aullando en lo alto de la colina que daba luego al pinar y al monte…

     Y, ahora, el niño del Tío Mendo estaba postrado y sin fuerzas siquiera para respirar, en la cama, grave y se iba a ir en cualquier momento… Hasta que vino el Sr. Cura a darle el último sacramento.

    Piolina estaba en la puerta, mientras ahora los demás rezaban, pues Mateíto ya era prácticamente una pérdida irreparable. Y era la hora del amanecer. Un mañana ahora soleada de marzo aunque sumamente fría… En la cual, cuando el sol se descubría por allá por el horizonte rosa, el niño dejaba de existir.

     Y en esa mañana fresca y luminosa parece que la naturaleza, y su empuje permanente, no le da importancia al hecho de la muerte de Mateíto ni al hecho de la existencia o no existencia del pueblo entero, ni a la de la epidemia.

     Por eso la yegua negra relincha y ríe de pena y el lobo ahora calla, como esperando algo… como aquellos buitres que hacía dos días llevaban dando vueltas insistentes, como que les correspondiera algo, en torno al pueblo.

El Cuento de LA YEGÜA NEGRA, por Juan Largo Lagunas
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