Contar con una capacidad de inversión, modernización y adaptación. Procurar que los hijos- extensible a los ciudadanos-, puedan llevar una vida digna y hacer frente a todas sus necesidades disfrutando de un bienestar cada vez mayor.
Sin embargo, aunque la lección la tenemos bastante aprendida, nos damos cuenta que cada vez nos alejamos más de esta forma básica de sacar adelante una institución. La prueba más palpable está en la falta de presupuestos económicos en administraciones que manejan una cifra elevada de fondos.
Este 2026 empezará sin presupuestos económicos en el Gobierno de España, y en el Gobierno de Castilla y León. En los dos casos, los gobernantes de turno muestran su perplejidad por la falta de apoyo a unas cifras que, en definitiva, son muy buenas para el territorio sobre el que tienen plena responsabilidad.
En los partidos mayoritarios, el PP pide a los grupos políticos de la oposición que apoyen los presupuestos, y niega la presente cuando su decisión en el Congreso de los Diputados. El PSOE no entiende cómo los populares se niegan a aprobar el PGE nacional, y hacen lo propio cuando su voto sería determinante para garantizar los servicios de una educación, sanidad y vivienda pública para los que vivimos en esta Comunidad.
Seguramente, todo proyecto de presupuestos es mejorable, pero entre eso y no tener esa planificación en la distribución de los fondos, lo segundo parece mucho más problemático. Hasta el punto que puede llegar a poner en entredicho la existencia de la propia institución. Trasladando esta situación a la familia. ¿Alguien se imagina a los hijos bloqueando la compra de sus progenitores por encontrar en la lista algún alimento que no soportan?.
En la política falta sentido común y sensatez. Nuestros representantes nos están malacostumbrando a exigir elecciones haciendo ver que con este paso se van a solucionar los problemas que ellos tienen en el seno de sus equipos, en las corporaciones que integran, en los plenos que deberían decidir, o en los hemiciclos donde intervienen.
Estamos en una espiral donde la consigna es ‘que te quites tú, para ponerme yo’. Todos ansían tener una mayoría holgada con el pretexto de poder sacar los proyectos adelante, pero su pretensión es no tener control sobre aquello que ejecutan. Necesitan moverse libremente, con mordidas incluidas, en una clara muestra de prepotencia y ambición. Llegan a identificar su cargo político con su casa, su escaño con la tumbona del jardín, y la comisión con la quedada habitual del grupo de amigos.
Quizá no vuelva la época de las mayorías absolutas, y esto puede no resultar tan perjudicial, ya que la política es diálogo, consenso, trabajo en conjunto y motivación.
