Fuego en el alma
Soy recurrente en el tema de los incendios forestales. Ya he escrito sobre ello. El verano llama a festejos y a celebrar la vida en las casas cerradas durante el período invernal. Esa situación festiva está en la puerta. Pero el dolor de una naturaleza abrasada por el fuego en límites insospechados me llena el campo emocional de silencios, de no saber qué decir.
Me nace un temor irreversible ante tanta profusión de elementos capaces de provocar un incendio descomunal en los montes. De momento vivimos un presente gratificante en nuestra tierra ante la ausencia de semejante tragedia. Nos felicitamos este presente.
Se habla mucho de las causas de fuego en los bosques. Estamos viviendo un cambio del clima con calores insoportables nunca vividos que arrasan los montes. Por otro lado creo que existe un componente de culpabilidad en la actividad humana, o inactividad. El no hacer. O hacerlo mal. Existe la España “vaciada” donde el campo y los montes están olvidados. Hay terrenos que en un tiempo tuvieron sus dueños y las tierras se cultivaban. Estas propiedades, excepto los de cierta proximidad que aún conservan sus límites y saben de sus amos, son eriales, territorios baldíos, descampados sin horizontes ni propietarios que se avengan a cuidar territorios que ni conocen, ni los sitúan en su contexto orográfico. Por allí estaba la tierra... Ese era el camino… Ese cuidado no puede hacerse a nivel particular aunque figure en la herencia de las tierras de sus antepasados. Otro contexto diferente de propiedad está en nuestros montes. Son comunales, pertenecen al municipio y están sujetos a una atención forestal ajena al trabajo de los ciudadanos. Podemos optar por una ayuda solidaria ante cualquier necesidad perentoria. Pero nada más. No es nuestra tarea limpiar los montes.
Estamos viviendo, sí o sí, un cambio climático con altas variaciones de la temperatura atmosférica en el planeta Tierra. Cierto que el calor ambiental desmedido no provoca ignición, pero prepara un escenario con todos los elementos adecuados para el inicio de una tragedia incendiaria. Sólo hace falta un “chispazo” y se levanta el telón. Y ahí estamos como protagonistas de semejante evento catastrófico con un final devastador. No entiendo cómo se puede contradecir semejante realidad que envuelve nuestras vidas. Se está produciendo un dolor en la Naturaleza, una destrucción del futuro de la tierra quemada que tardará, y mucho, en volver a su verde envoltura boscosa y campera. La ceniza no llama a las vacaciones porque donde hubo fuego queda huella de un horizonte negro llenos de residuos y escorias con simientes de tragedia. Ahí estarán todos los agentes políticos y empresariales para hacer revivir el pasado de las personas que habitan estos campos quemados. Ahí va nuestra solidaridad para ellos, y nuestro aplauso para todos los equipos de “Apagafuegos”. Todos. Apagar el fuego es luchar contra el elemento más terrible de la tierra. Ellos hacen que La Naturaleza no se apure. Y que todos disfrutemos de una vida saludable. Todos.