miércoles. 04.03.2026

Igualdad y respeto

Tengo entre las manos un libro muy interesante de Eduardo Punset, “Por qué somos como somos” en el que dedica un capítulo entero a la educación de los sentimientos.

 

 

 

 

 

 

 

 

En él afirma “que los seres humanos seguimos siendo tan incapaces de controlar nuestras emociones, nuestros sentimientos, como lo éramos hace 10.000 años”. Comenta que haría falta un aprendizaje para el control de las emociones. Hoy día el objetivo sería usar la inteligencia humana,  -no la IA- en el control del mundo de los afectos. En nuestro cerebro anida la “inteligencia emocional”. Todos necesitamos clases para aprender a administrar nuestros sentimientos porque nadie nos ha enseñado el manejo de la afectividad. Entre los afectos está el respeto a los demás. Es el valor fundamental, el que sostiene la dignidad humana. No hay nada más despreciable que la sumisión a las personas que practican la violencia en sus relaciones con la familia y en el ámbito social. No es necesario el retraso hacia los diez mil años para saber que el control de las emociones en las mujeres, en muchas generaciones, ha sido trazado por los caminos de sumisión a los dictámenes de los hombres quienes controlaban sus actitudes y comportamientos, tanto a nivel personal como social. El “machismo” nos hacía creer en unos valores y conductas de superioridad de los hombres sobre las mujeres. También en las relaciones íntimas debíamos obediencia a los varones. Así se suscribía tanto en el acta matrimonial como en el comportamiento social. Y no se hablaba de agresiones sexuales ni de homicidios. La culpabilidad podría debatirse entre la insistente atracción física y gestual de la mujer con su negativa a responder a su llamada erótica, y el hecho abrasivo del hombre en su acoso y derribo. En esta herencia ha discurrido la vida de los mayores.  Ahora se educa y se vive en la igualdad y respeto entre mujeres y hombres.

          No es un tema del que me guste hablar. Todo lo contrario. Pero en el tiempo vivido, hasta este mes de febrero, no podemos dar crédito a tanta violencia de género. Leo en la prensa: “Diez mujeres, una niña y un niño asesinados por agresores machistas en menos de dos meses”… “Además hay tres mujeres hospitalizadas, una de ellas en muerte cerebral, tras las brutales agresiones de sus parejas o ex-parejas…” La violencia contra la mujer ha sido, a lo largo de la historia, una lacra social. La lucha contra esta realidad ha adquirido relevancia social únicamente en los últimos tiempos. Afecta no sólo a las víctimas directas sino también a sus familiares y a la sociedad en su conjunto. Y ahí estamos. No estoy hablando de feminismo ni machismo sino de seres humanos. Nuestra lucha no está sólo en las palabras. También en nuestras actitudes. La violencia es el refugio de los incompetentes. Capturamos este paisaje sombrío y lo sentamos a nuestro lado. Y lo envolvemos en el presente con pequeñas ilusiones y esperanzas. Todas las sombras de violencia las arrojamos a nuestra espalda. Nuestro campo emocional es positivo. Y ponemos voz a los sueños nunca dichos.

           

                        Guadalupe Fernández de la Cuesta.

 

 

 

 

 

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