lunes 16.12.2019

Viejas historias de ratones y fantasmas

Nuestra infancia es el pilar de toda la vida. Por eso sus recuerdos nos mantienen unidos al pasado y a lo que fuimos para poder ser en el presente. 
Junto a mis hermanos y mis padres en el monumento al Gran Félix Rodríguez de la Fuente.
Junto a mis hermanos y mis padres en el monumento al Gran Félix Rodríguez de la Fuente.

Era muy chiquitín. Tanto que solo podía ver por encima de las rodillas de los más mayores. Tendría tres años, algún moratón y no más de cuatro dientes. Y era como un ratoncito juguetón. Pequeño, frágil, escuálido y muy escurridizo. Tanto que era capaz de guarecerme en cualquier diminuto rincón sin ser visto. Parecía un ladrón de guante blanco buscando el robo perfecto a través de un butrón. Un caco tan invisible y silencioso como el águila real en su majestuoso vuelo a la hora de cazar. Y aquello me otorgaba inmunidad y el pasaporte para viajar de habitación en habitación. Nadie me veía y por lo tanto nadie me prestaba atención.

Era como un fantasma con una capa de invisibilidad. Estaba y no estaba. Respiraba y dejaba de respirar. Y era así como lograba hacerme con los mejores lugares y momentos. Se podría decir que era el dueño y señor de la vieja casa de la abuela Mari. Y allí, acurrucado debajo de la noble mesa de roble, escuchaba y memorizaba cientos de conversaciones. Charlas sobre lo fugaz de la vida con sus días de sol y sus tardes de tormenta. Conversaciones amables a la luz de una vela. Y charlas desagradables a la luz de dos. Y así el ratoncito fue creciendo y vistiendo su alma con sus éxitos y con sus miedos. Ya no era un fantasma invisible pero el afán por escuchar y entender todo tipo de historias también creció. Y así es como comenzó mi locura por trasladar todo aquello al papel. Horas inquietas y sudorosas en las que limpiaba mi alma y la hacía respirar. Paseos interminables buscando respuestas a preguntas inacabadas.

Y todo para entender de dónde venía, quién en realidad podía ser y a dónde me dirigiría en el camino interminable de la vida. Y con la adolescencia llegó el vendaval y la ausencia de miedo. Y las letras se tornaron ciclones imaginativos que atormentaban mi existencia. Desayunaba, comía y cenaba con historias sobre la amistad, el dolor, la soledad, el cariño, el amor, la decepción, la muerte y la vida. Quería crear historias que cambiaran el mundo. Por eso la universidad llegó a mi vida, sin avisar, como un amor temprano y dulce que lo cambia todo. Y en Pamplona, durante cuatro intensos años, me fui forjando como un gladiador de la comunicación dispuesto a emprender cualquier batalla. Después llegarían los viajes interminables, los días de sol en tierras lejanas e inhóspitas. Llegarían los amores imposibles,  las lágrimas de fresa y también los retos y sus silencios. Y la vida pasaría cantando con sus cicatrices y sus heridas. Con su guitarra vieja y desafinada y sus acordes mágicos e infinitos. Y todo para viajar en un tren del recuerdo a la casa de mi abuela. Desafiando de nuevo a la muerte y al olvido. Tal vez buscando mi historia entre historias ya vencidas de ratones y fantasmas.

 

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