martes 24/5/22

"Los Titiriteros"

Articulo de opinión escrito por Lucio Alonso Marquina
LUCIO ALONSO MARQUINA
Lucio Alonso Marquina

En los años cincuenta  y sesenta del pasado siglo, la llegada  del verano en el mundo rural suponía, en ocasiones, el aliciente añadido entre la “chavalería”  de la llegada a cada pueblo de “ los titiriteros” o de “los húngaros” o de los “belgas”, que también así se les llamaba. En el mío, tras unos largos paseos por las calles del pueblo  para avisar de su llegada, actuaban por la noche en la plaza mayor.

 Se trataba siempre  de una “troupe” familiar de etnia gitana, compuesta de cinco o seis elementos en la que “el patriarca” tocaba la trompeta, siempre negruzca y desafinada, y los más jóvenes  blandían el tambor y la pandereta. Una jovenzuela,  cubierta de coloridos  vestidos y  tocada  con abundante  pedrería, intentaba emular a Sherezade   y porfiaba con las danzas del Vientre y de los Siete Velos,  mientras  el mayor de los adolescentes  realizaba ejercicios gimnásticos sobre el suelo y sobre una barra metálica  que amenazaba siempre  con  desplomarse.

Se acompañaba  el grupo por una cabra vieja y esquelética que protagonizaba el número más vitoreado al realizar  ejercicios de equilibrio  sobre un alto taco de madera;  y de un mono, que hacía las delicias de los niños con sus chirigotas.

 Al finalizar el espectáculo, la matriarca y la joven danzarina eran las encargadas  de pasar la pandereta  por el circulo de espectadores, donde la chiquillería (y algún que otro adulto) depositaban  los óbolos que gratificaban el esfuerzo de los artistas.

 ¿ Por qué será  (me pregunto) que cada vez que se anuncian unas  elecciones generales o autonómicas me acuerdo yo de “los titiriteros”……..?. No, no debe de ser por el entusiasmo que los políticos desplazados desde la capital (para cantar las excelencias de su partido y recabar  el voto para el mismo) despiertan entre la chiquillería.  Ni por lo colorido de sus actuaciones; ni, mucho menos, por la novedad y verosimilitud que promueven entre el auditorio las promesas  que predican . Debe de ser  por la cabra. Sí, por las cabriolas; por los ejercicios de equilibrio, para no caerse,   que ésta  siempre realizaba  sobre el mismo punto del  alto taco de madera. Ora sobre las patas traseras, ora sobre las delanteras. Unas veces sobre las patas izquierdas y otras sobre las patas derechas……sin avanzar, sin ascender y sin, ni siquiera, dar un salto al vacío. Como la mayoría de  los políticos que, en sus discursos, parece que  se circunscribieran  a ese espacio minúsculo donde cualquier desequilibrio pudiera hacer  caer todo el tinglado de su antigua farsa, que diría D. Jacinto Benavente.

 Lo malo es que cada año, cada temporada de retorno de los zíngaros, la actuación era siempre la misma. Nada cambiaba: iguales  ejercicios  e iguales equilibrios. Ni siquiera la experiencia, el paso del  tiempo o el encuentro con nuevos espectadores, generaba  novedad alguna. Y  la cabra seguía moviendo, al ritmo archisabido de la música de siempre, todo su ser sobre el pequeño trozo de madera.

Sí, definitivamente los parangones que aprecio  deben  de ser por la cabra;  por la cabra y por el solo de trompeta del  “patriarca” que, indefectiblemente, finalizaba siempre con “El degüello”.

"Los Titiriteros"
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