El nonagésimo aniversario de la barbarie del verano del 36, por Salomón Ortega

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A la memoria de mi tío Salomón Ortega Sanz (1911–1936)

Es un ejercicio de memoria y de justicia que, apoyado en la verdad histórica, pretende devolver la dignidad a quienes fueron arrojados entre cal viva, escombros y barro teñido de sangre por haber defendido la democracia.

Salomón Ortega Muñoz

Durante el verano de 1936, a raíz del pronunciamiento militar contra el gobierno legalmente constituido de la República, en Hontoria del Pinar, como en otros pueblos de la comarca de Pinares, se produjeron detenciones y ejecuciones de vecinos de la localidad. En las zonas donde triunfó el alzamiento nacional, la violencia ejercida por los fascistas fue brutal y se dirigió claramente contra sindicalistas, maestros, republicanos y cualquier persona que defendiera los valores democráticos y humanos.

Entre los fusilados por las hordas fascistas se encontraba mi tío paterno, Salomón Ortega Sanz. Había sido detenido* a finales de julio de 1936 junto a otros siete vecinos y conducido a la cárcel de Burgos. Cuatro de ellos fueron liberados, pero los demás fueron sacados* una madrugada de septiembre. Desde entonces, nada más se supo de aquellos hombres.

Durante años conservamos la esperanza de poder encontrarlos, y creímos haberlo conseguido en el verano de 2009, durante la exhumación de la fosa de Valdeabejas, en Rabanera del Pinar, realizada por el antropólogo forense Francisco Etxeberria Gabilondo al frente de un equipo de la Sociedad de Ciencias Aranzadi.

Desgraciadamente, la prueba de identificación mediante ADN no arrojó coincidencias, por lo que quedó descartado que aquellos restos correspondieran a los desaparecidos que buscábamos.

La noticia de su asesinato destrozó a los suyos: sus padres, Arsenio y Máxima, y sus hermanos Aurora, Federico, Juan y Francisco.

La incredulidad se sumó al dolor. Pocos días antes del que habría sido su vigésimo quinto cumpleaños, la familia había recibido una carta suya. En ella les daba ánimos y se mostraba convencido de que pronto sería liberado, de que podrían celebrarlo juntos.

Me imagino cuál habría sido su estado de ánimo si le hubiesen dejado regresar a la casa de sus padres. Imagino también cómo lo habría abrazado su madre, mi abuela Máxima, al volver a tenerlo junto a ella.

Sabían que era inocente, que no había cometido ningún delito. Tampoco sus compañeros, Leopoldo Velasco Andrés y Victoriano Sanz Camarero. Todos fueron víctimas de denuncias falsas, alimentadas por la envidia y el odio.

Esto afirmaba de él uno de sus denunciantes: “Fundador de la Casa del Pueblo; en su conducta era respetuoso y atento en el trato social, no teniendo noticias que haya molestado a nadie y en las prácticas religiosas guardaba compostura edificante cuando asistía”.

Estas palabras, procedentes incluso de quien lo denunció, revelan la profunda injusticia de aquella acusación. En ellas no aparece un enemigo peligroso, sino un hombre respetuoso, educado y bien considerado por quienes lo trataban. Resulta aún más doloroso comprobar que ni siquiera sus propios acusadores podían atribuirle una conducta violenta o dañina, y que, pese a ello, su vida fue arrebatada por el peso de la intolerancia y del odio.

En mi ánimo está presente el deseo de que estos hechos no vuelvan a suceder, ni en nuestro pueblo ni en ningún otro. Pero también es nuestro deber recordarlos a quienes ya los conocían y darlos a conocer a los más jóvenes, para que nunca más volvamos atrás.

Son muchas las preguntas que nunca tendrán respuesta:
¿A qué se habría dedicado en la vida?
¿Qué camino habría elegido?
¿Cuál habría sido su vocación?
¿Se habría casado?
¿Habría tenido hijos?
¿Habría sido la vida de su familia la misma?

Tampoco podemos saber si sus delatores y asesinos llegaron alguna vez a arrepentirse del daño causado durante aquel fatídico verano del 36; su conducta delictiva no fue penada posteriormente —todo lo contrario—, pero sobre su memoria quedó para siempre el estigma vergonzante, frente a la dignidad y la valentía de quienes dieron su vida por defender la democracia y los derechos humanos.

Cuando me asaltan los malos momentos al pensar en cómo pudo haber sido su vida y en cómo fue realmente, siempre recuerdo las palabras de mi padre: “Los hijos y los nietos no tienen culpa de lo que hicieron sus padres y sus abuelos”.

Perdón sí; olvido no.

 

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“Sacado” era un eufemismo empleado por la dictadura franquista para encubrir el asesinato extrajudicial de detenidos.

“Personas detenidas”: Bonifacio Hontoso Martín, Alberto Adrado Otero, Fermín Miguel Sáez, Jorge Rejas de Miguel, Mariano Martín Carazo, Leopoldo Velasco Andrés, Victoriano Sanz Camarero, Salomón Ortega Sanz.