Todo nos llega a través de los debates políticos, las tertulias periodísticas, y otras prebendas en redes sociales y mensajes de móviles. Las personas mayores no estamos en estas andanzas informáticas pero sí oímos los calificativos que se dan en la clase política: “malos” “buenos” y “peores” sin acudir a la tolerancia y al diálogo. Por suerte, vivir en un entorno rural nos expone al diálogo desde el mundo de la naturaleza y la particular atmósfera de la vida con cielos abiertos y estrellados. Hasta las piedras nos hablan. Y ahí conectamos con la calma de los paisajes en verde de los montes y tierras que nos rodean. A las personas nos brilla el alma ante tanta floración como estamos viviendo en estos tiempos primaverales en nuestra tierra. No hay otro poder mediático mejor que nos lleve al razonamiento y la concordia.
Para llevar a cabo una escalada positiva en nuestro campo de las emociones, quiero hacer una llamada al turismo rural ajeno a la masificación y a la sociedad de consumo. Las agencias viajes programan recorridos turísticos para que cuentes a los amigos dónde has viajado pero no qué has visto. En estos viajes las personas son números, no todos afortunadamente, que van detrás del guía hacia una percepción auditiva y no visual, para luego contar lo oído a los amigos. Los sentimientos y emociones ante la presencia de cualquier entorno paisajístico o monumental quedan alejados. En este contexto no entran los viajes programados en autobuses para los no independientes, donde conviven las relaciones sociales tanto en el viaje como en los lugares elegidos para disfrute de las andanzas viajeras. Es otra cosa. Ahora quiero hablar de un turismo viajero de personas abrumadas por el asfalto en calles absorbidas por gentes y ruidos de tráfico. De pronto sienten el deseo de desconexión y salir al encuentro con las maravillas de un entorno rural y sus gentes. En cada pueblo hay una historia que no cabe en una gira de viaje empresarial. Sólo hay que prestar atención emocional y escuchar lo que cada uno habla. Y volver a lo esencial como puede ser el aire puro, los perfiles orográficos, el calor de la gente y prestaciones anímicas subsidiarias. Pueden percibir el vacío de los pueblos con sus casas cerradas pero habitables. Y los bares abiertos y hoteles rurales en una llamada a la mejor estancia habitacional. Es en la vida rural donde se aprende a convivir con la autenticidad de nuestra existencia. Estos viajeros percibirán que la clase política no asume sus responsabilidades en la ayuda para la vida habitacional en los pueblos. Su viaje turístico les unirá a las personas olvidadas y les ayudará a abrir la mente y el corazón. Quizá algún día decidan cambiar el semáforo rojo por el verde de los campos y el buen ritmo de sus corazones. El trabajo telemático ayuda. Y un futuro sostenible.
“Produce una inmensa tristeza pesar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha” Víctor Hugo.
Guadalupe Fernández de la Cuesta
