lunes 2/8/21

Aletargados por una pandemia que se nos está haciendo larga, y encima incomprendidos

Estamos aletargados. Sin duda la pandemia de la covid-19 nos está dejando sus peores secuelas.

 La principal, la de la amarga experiencia que están pasando muchos vecinos de la comarca pinariega y su entorno, y en general en distintos puntos del planeta, que han estado tiempo en un hospital,- algunos de ellos en la UCI y otros en planta-, y han logrado superarlo con grandes dosis de aguante y paciencia. Lo peor, la de aquellos que se han quedado en el camino, y en estos momentos ni si quiera lo pueden contar.

Esa sensación de hibernación se traslada a las instituciones y administraciones públicas. A pesar de las proclamas y anuncios, de promesas y consolaciones, sus representante se pierden en un enmarañado proceso de acusaciones, reproches mutuos, incoherencia a la hora de adoptar medidas y mentiras (a veces piadosas y pseudojustificadas), pero mentiras en público.

Hablan de compensar y ayudar a los sectores que están resultando más dañados, y todavía tienen sin pagar las partidas destinadas en la primera ola de esta despiadada pandemia. Son incapaces de adentrarse en la cruda realidad y convertirse,- aunque sea por un momento-, en víctimas de esta crisis económica y sanitaria. Tienen esa doble cara: por una parte nos muestran su imagen más solidaria, y por otra enseñan sus peores instintos.

Ahora es cuando las administraciones deberían de demostrar su agilidad, y sin embargo es cuando están practicando con parte de sus miserias. El papeleo y la burocracia ralentizan un proceso que debería de tener prioridad ante cualquier otra gestión realizada ante la oficina de turno. La única manera de sujetar muchos negocios es apilando las facilidades, y acercándolas como si la vida nos fuera en ello,  y es que de hecho se puede ir sino se ha ido ya para algunos.

En contraste, frente a esta apatía y ralentización permanente, me quedo con el sufrimiento de Paco, quien regenta una residencia de mayores en un pueblo de la comarca, un centro que, como prácticamente todos, lleva meses con el miedo metido dentro. No para, tanto física como mentalmente, dando vueltas a un problema enquistado y tratando de poner diques para frenar el virus. Haciendo cambios, rotaciones, poniendo todos los medios al alcance para evitar lo que a veces resulta inevitable. Tiene verdadera pena por ellos, los más mayores, los más vulnerables. Se asemeja al combatiente herido afanado por amontonar sacos en la calle para que las balas no logren atravesar la trinchera. Siente la soledad de los residentes, como si fuera propia. Se lamenta de la pérdida de sus facultades tras meses de un encierro injustificable. Sabe, que ni ellos ni él, van a ser los mismos tras esta terrible experiencia.

¿No podríamos trasladar esta actitud comprometida y fiel a las administraciones que dicen que nos gobiernan?

Aletargados por una pandemia que se nos está haciendo larga, y encima incomprendidos
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