A los “de pueblo” no hace falta que nos lo documenten. Nosotros escrutamos con mucha vehemencia el lugar exacto de nuestra orografía por donde aparece el Sol en el amanecer y su desaparición en el ocaso. En nuestras charlas vecinales hablamos de estas observaciones y las añadimos a los relatos que nuestros antecesores nos han hecho sobre el giro de rotación de nuestro Planeta Tierra y su traslación alrededor del Sol. Los ganaderos y pastores trashumantes tenían bien memorizados estos cambios estacionales en nuestro sistema planetario porque modulaban su vida junto a los rebaños de ovejas. Ellos llegaban al pueblo con el calor y vivían el frío invernal en tierras extremeñas. Nosotros vemos el cielo y sus nubes como una recreación. No así los urbanitas asentados en ciudades abigarradas de edificios y gentes. Conocer el estallido primaveral es un privilegio. Es el grito de amor que nos susurra la Naturaleza, aunque la realidad actual en el mundo esté poblada de demonios guerreros que no lo perciban. Llevo cosidas en mi memoria muchas primaveras hechas de días, de momentos, de instantes muy felices entre juegos de sol y sombras en los prados verdosos, en solanas y umbrías del pinar, en los juegos en la plaza y por entre callejas. Más de una vez los sentimientos se hicieron palabras en versos confusos de algún poema que escribía a hurtadillas, ya en la escuela, ya en mi casa, grabando en algún papel todas mis emociones nacidas en ese baile hormonal de la primavera. No había lector que añadir a mis reflexiones. Éramos niñas.
La primavera es el tiempo de ensoñaciones, de emociones calladas, de enamoramientos apasionados y de gentes al sol dispuestas a cambiar el mundo. Son sentimientos innovadores contra las conductas agresivas. Los seres humanos, no todos, percibimos esta existencia con un renuevo positivo en nuestro sistema límbico cerebral donde se instalan los estímulos emocionales y nuestros instintos básicos. En el avance de la primavera vemos como el verde esmeralda del campo se tiñe, poco a poco, con el amarillo de los arbustos y flores. Ahí están las escobas; los helechos; las aulagas; los espinos… A los pies de los montes, sus prados verdosos los decoran los “cascabelitos”, las margaritas… Y algunos árboles de hoja caduca enarbolan al cielo su información floral. Todo el paisaje habla de luz y de confianza en un futuro de mayor encuentro y fraternidad. Sin nubes negras en el horizonte. Esta vitalidad de la primavera se hace verso en toda la naturaleza. Vivo este escenario de florescencia como el arraigo de mis sentimientos más profundos: El amor a la familia; la fraternidad con los amigos; el sentimiento de concordia hacia todos los seres humanos; la libertad respetuosa… Copio al premio Nobel de Paz, el político sudafricano Nelson Mandela, símbolo de la lucha contra el racismo: “No soy verdaderamente libre si le quito la libertad a otra persona, del mismo modo que no soy libre cuando a mí me quitan la libertad.
Guadalupe Fernández de la Cuesta
