domingo 25/10/20

La Tía Manta, por Juan Largo Lagunas

Juan LargoLa Tía Manta nunca imaginó que tendría aquella muerte que llegó a tener.

A la Tía Manta la encontraron en un claro del bosque cuando ya estaba difunta. Su casa de ramas de roble y de pino estaba cerca del bosque y lejos del pueblo, en un terreno digamos de mojón en el cual, dado el habitáculo que allí había instalado hacía años con un hombre serrano que se fue luego a otros caminos diferentes a los habituales del pueblo y de la comarca, ella había vivido durante cuarenta años. Antes había sido del pueblo, sí, pero cuando se decidió por Quinto, su hombre, entonces habitó la casa de la proximidad del bosque, y lo hizo con mucho orgullo, hasta que, como se dice, el otro se largó… Pero ella murió allí, en el claro entre ramas y arbustos y broza en el que daba el sol por las mañanas y la mañana en que ella fue encontrada, los rayos iluminaban su cadáver levantando protuberancias vegetales tal que si su cuerpo fuera el de un pequeño tronco expuesto y con un cierto barniz destellante…

     Toda aquella última historia de la Tía Manta había empezado el día que vino al pueblo un señor médico de la capital y el señor alcalde del pueblo envió a la casa de la Tía Manta al alguacil para que –con ese cometido expreso- comprobara “si la mujer estaba bien o estaba mal de la chaveta”, cumplimiento que el señor alguacil resolvió y que hizo que retornara al edificio del Ayuntamiento a declarar confidencialmente al señor regente del lugar y al señor médico. Luego se supo: “La Tía Manta sí estaba mala de la chaveta”.

      Este era el hecho, aunque nadie reparara en que hasta hacía unos años había cohabitado con un hombre del cual muchas mozas del pueblo quedaban prendadas por la fuerza que mostraba en las arremetidas contra el mayo cerca de la Ermita del Cubo, cuando todos los mozos acudían a pingar el palo de hasta veinticinco metros de altura y que suponía, el tal efecto de elevamiento, una comida en hermandad tras la que había música y baile y luego la elección que se hiciera de pareja, de tal modo que en uno de estos años la Tía Manta eligió al hombre y luego se fue con él a la linde del bosque, encantados ambos de –con las suposiciones de vida que tenían de allende las fronteras del pueblo y los pueblos vecinos- huir de las capitales que acababan con el amor entre las personas y lo sustituían por dinero.

         La cabaña de cobijo de la pareja la hizo él y la Tía Manta se quedó muy contenta, sin importarle que alguien se enterara de sus exacerbados gemidos y ayes por las noches, por las arremetidas que ahora le hacía Quinto a su ser. Este fue el negocio más redondo que hizo la Tía Manta, más que el de recoger hierbas para la Farmacia, aunque luego el macho se le fuera de las sábanas templadas una mañana de otoño con el pedaleo rumbo al Atlántico, siguiendo el río…

   Antes, antes de ser encontrado el cuerpo yerto de la Tía Manta en el claro del bosque, alguien, un vecino del grupo de aquellas casas encajonadas del pueblo y separadas del bosque y de la casa de la mujer, tuvo la delicadeza de pasarle un frasquito.

    Y la Tía Manta, cuando fue buscada, fue encontrada en ese lugar del bosque donde daba el sol con sus rayos volviendo rubio su cuerpo, rojo como las espigas de los campesinos de tierras de cereal, dorado como el copón con el que el señor cura administraba su sacramento. Y la Tía Manta también se pudo ir…

Juan Largo Lagunas

La Tía Manta, por Juan Largo Lagunas
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