El fin del baile
En mis tiempos ya lejanos cuando nos decían, “se acabó la fiesta”, nos auguraban la no existencia de más licencias horarias dadas a la diversión. Se barrían las casas y se ordenaba cualquier desbarajuste ajeno a la rutina diaria.
Para las mujeres, la llegada de las fiestas era el arquitrabe donde descansar nuestros sueños de una mayor libertad en nuestras actitudes. Así cavilábamos posibles vestimentas para acudir a la Misa Grande y demás ritos litúrgicos, como el rezo del rosario, procesiones, y otros eventos festivos. Éramos conscientes de una mayor libertad en los bailes con orquesta en la plaza, “agarraos” y “sueltos”, aunque nunca se perdía la vigilancia de nuestros mayores que nos rodeaban para ver con quién andábamos. Ya se sabía que el baile finalizaba después de danzar el ritmo de la jota, y marcar el pasodoble como ritual de la despedida. Y de ahí a casa cuando el baile se hacía después de la cena. No se alargaban los plazos para otras actitudes festivas. Al finalizar los días de fiestas retomábamos nuestros quehaceres habituales y los encuentros con amigos y vecinos. El pueblo no se vaciaba.
Cuando esto escribo se inicia el mes de septiembre y van anidando los silencios en las calles donde el bullicio callejero de gentes de todas edades ha sido proverbial. Ya en junio, las personas del pueblo fueron abriendo sus casas de siempre. Y se hizo la llamada al descanso vacacional en la Naturaleza donde el horizonte escribe los datos de una vida saludable. A esta convocatoria han respondido gentes deseosas del placer de otear una orografía de montes y pinos digna de los mayores elogios. A los jóvenes también les gusta el pueblo donde encuentran a los amigos de su peña, y una mayor libertad en sus actitudes. Ellos pueden consensuar citas de divertimientos en ambientes de su entorno donde el paisaje llama al delirio emocional. O acudir a bares y recintos donde compartir tertulia y juegos. O asistir a las fiestas, ya nocturnas, en pueblos vecinos. También gentes de cualquier edad, con ganas de fiesta, saben de peñas y diversiones. Todas las tradiciones adscritas en cada núcleo rural de nuestra tierra se han proclamado a los cuatros vientos. Es un espectáculo, por ejemplo, ver cómo las niñas de Neila danzan el ritmo de La Carrasquilla. Y las adolescentes y jóvenes, ejercen el legado de dar los pasos rituales en los bailes tradicionales del Agudo y Las Mayas. La gratitud y el aplauso de los asistentes ha marcado el buen hacer de todos los participantes en el evento ya histórico.
Cuando las fiestas terminan y el silencio de las voces anida en las casas y calles, nos quedamos a solas con el eco de lo vivido y la certeza de nuestra propia realidad poblacional. Nos asiste la Naturaleza, a la que debemos sus más elementales ejercicios de mantenimiento. Pero necesitamos otras demandas indiscutibles, ya sabidas, que no voy a repetir. El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer. Quiero ser optimista en mi vida cerrada a la alegría. Llegó el fin del baile. Pero la orquesta sigue. Nuestra tierra tiene música para los que escuchan. Somos vida. Y sembramos futuro.
Guadalupe Fernández de la Cuesta.