Los de cierta edad nos abstenemos de ocupar los habitáculos de los jóvenes para no caer en ridículo. Lo sabemos. Cada sector de la vida tiene sus “quehaceres” como puede ser el hecho de conseguir un desarrollo físico e intelectual deseado; encontrar trabajo; formar una familia o no; tener una casa, hijos… Al final de la autopista frenamos la velocidad en el reloj de la naturaleza y vamos ocupando los altillos del descanso laboral. Ese es el lugar donde se guardan los “por si acasos” ya pasados de moda o que sirven para poco. Existe un tabique de separación en este armario existencial construido con material de derribo al que le colocan etiqueta: pensionistas, tercera edad, mayores… Y ahí estamos, dejándonos hacer, registrando bienes y contratiempos. Ocurre que la ciencia avanza que es una barbaridad, como dice la canción zarzuelera, y los del altillo formamos un conjunto abigarrado de seres humanos. Los recién llegados no encuentran acomodo en el variopinto mundo de los veteranos. Y los residentes les dan lecciones de acoplamiento. Los científicos en salud organizan la estantería de la vejez con pastillas, mejunjes y ungüentos para alargar el contenido de la vida. Para ser y estar vivos. “Ser o no Ser. He aquí la cuestión”, proclama Hamlet en el drama de Shakespeare.
Con el buen tiempo, me gustan los paseos por el pinar en las umbrías laderas que descienden desde Peñaguda y las Lagunas de Neila. Pocas actividades me resultan tan gratificantes como la de adentrarme en la magia de los pinos y otear el cielo fundido entre ramas que mece el viento. También pisar el suelo de los montes. En el poema de Alberti “El bajo pinar”, se describe la relación social y valiente entre diversas comunidades de animales: ciervos, jabalíes, corzos, zorros, comadrejas, picapinos, cuervos, palomas, arrendajos... A sus pies, cobijados y silenciosos, los pueblos buscan el futuro. Y los del altillo también. El talento no se apaga con la madurez de las neuronas. Ni el olfato para intuir el progreso. “Lo más triste de envejecer –escribe don Santiago Ramón y Cajal- es carecer de mañana”. No deben preocuparnos las arrugas del rostro, sino las del cerebro. Nada me inspira más veneración y asombro que un anciano que sabe cambiar de opinión”. Nosotros queremos vivir el presente en plenitud y un futuro con autoestima y cariño familiar y social. Caminamos y dejamos sembradas nuestras particulares huellas. Cada individuo las suyas. Todos nos movemos y propagamos nuestras semillas. Tanto los mayores como los jóvenes dictamos un vaivén de ideas para un desarrollo rural sostenible. Ahí estamos y por eso somos, o pretendemos ser, decididos. Los de pueblo soñamos con nuestras tierras como testigos mudos de nuestros días postreros. El lugar no puede ser más saludable. Los del altillo, llegado el momento, podríamos generar puestos de trabajo, gentes ubicadas en casas municipales con apoyo económico estatal para una “Residencia Domiciliaria” ¿Una entelequia? “Dadme un punto de apoyo y te moveré el mundo”. Arquímedes.
