sábado 23/10/21

Navidades insólitas

Me cuenta una amiga sus andanzas por Madrid en este contexto de pandemia. Vive sola y las limitaciones de relaciones sociales, por causa del coronavirus, barren sus emociones positivas. Por ello, me dice, salgo de casa para ver exposiciones; entro por las tiendas a husmear; voy al cine; quedo con alguna amiga… Es que si me quedo en casa, voy a enfermar de la cabeza.  Y eso es peor que el virus.

 

Me cuenta una amiga sus andanzas por Madrid en este contexto de pandemia. Vive sola y las limitaciones de relaciones sociales, por causa del coronavirus, barren sus emociones positivas. Por ello, me dice, salgo de casa para ver exposiciones; entro por las tiendas a husmear; voy al cine; quedo con alguna amiga… Es que si me quedo en casa, voy a enfermar de la cabeza.  Y eso es peor que el virus.

Sé de los sufrimientos basados en el estrés, la ansiedad, la depresión, trastornos alimentarios, insomnio… Estas enfermedades han sido, y aún siguen siendo, motivo de desprecio, o de mofa. Nos informan del aumento de estos padecimientos mentales a causa de esta pandemia. Hago una proclama para comprender su dolor y una atención médica cualificada. Mi amiga me habla de un razonamiento basado en la lógica del comportamiento humano. Pero no desde la ética.  Existe un añadido a esa preferencia suya al contagio personal antes que a un problema mental. Ese añadido supone que una victima del covid se puede transformar en “contaminadora” por llevar el virus bien cobijado en su organismo y ser ella asintomática. Eso es lo que nos proclaman las autoridades sanitarias por todos los canales de comunicación.  Ahora no cabe otra solución que acudir al “rincón de pensar” para meditar en nuestra responsabilidad personal en el logro de actuaciones positivas. Esas normas sociales dictadas por  los científicos y autoridades sanitarias, deben ser la pauta en nuestra lucha contra la pandemia. Aquí no existen las dudas ni recelos de Hamlet, la obra de Shakespeare, ante la fatalidad de los hechos  que le asaltan: “Ser o no ser, he ahí la cuestión”. No vale el arbitrio personal cuando en este juego, entramos todos.

“Donde una puerta se cierra, otra se abre”. Es el refrán formulado por don Quijote a Sancho Panza ante el fracaso de una aventura. Ahora expresamos nuestro deseo de abrir esa puerta a toda una suerte de satisfacciones ante las fiestas de Navidad sin que se haya cerrado el otro portón por donde accede la pandemia. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que nuestros recursos emocionales nos permiten ubicar la felicidad en cada uno los instantes vividos en armonía con nuestros sentimientos. No se reparte la felicidad por decretos ni leyes. Ni con excesos de luminotecnia. Ni con algarabías comerciales. Se reparte en pequeñas dosis de comprensión, afecto, y comportamientos solidarios hacia las personas más vulnerables. Se reparte en el apoyo y cariño a los enfermos de covid, a las familias de los fallecidos, a los sanitarios... Todo ello va envuelto, en una dosis muy alta, con el inmenso y armónico amor a la  familia.

 Mis deseos para estas fiestas de Navidad pasan por encontrar un trocito de cielo azul encima de nuestras cabezas. Y que ese pedacito de cielo arrastre a todas las nubes negras que otean en el horizonte. Nuestro destino está hecho de momentos felices, con las pequeñas cosas de cada día. En estas insólitas fiestas de la Navidad, con nuestra actitud responsable, aprenderemos la lección de la felicidad compartida. ¡Felices Fiestas!

 

Guadalupe Fernández de la Cuesta

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