Pasamos a otro nuevo calendario colgado en la pared de casa y en nuestra memoria. Se va el año que se escribirá en el recuerdo hilando sus pasos en el presente. En esta larga lista de meses del Año Nuevo nos prometemos felicidad y buenos deseos para no fracasar en los trabajos previstos; para reparar las grietas sentimentales o de convivencia familiar o social; para subsanar las enfermedades… Estos buenos sentimientos pasan por el encuentro de una vida digna y exitosa para los jóvenes y gente en edad laboral. Sigo apostando por una Educación y Sanidad Públicas trascendentales para nuestra tierra. A todos sus profesionales quiero hacerles llegar la mayor de mis felicitaciones por su atención al paciente y su decisivo trabajo. Los mayores en edad, donde me encuentro, debemos caminar por nuestras vidas habitación por habitación para equilibrar nuestras emociones y nuestros recuerdos un poco castrados. En este bagaje del campo emocional no iremos al encuentro de los defectos sino de las sentimientos positivos. No somos corazones solitarios. Sabemos dar y recibir.
Esta primera hoja en blanco, el nuevo año me lleva al silencio del vacío que invade a los pueblos tras las bulliciosas vacaciones navideñas. La luz de las casas vividas ha dibujado sus secuencias vitales y fiesteras de todos sus habitantes. Muy a nuestro pesar muchas casas abiertas las han cerrado ya los Reyes Magos tras dejar sus regalos. Cada vez nos llegan mayor número de visitantes. Eso, visitantes, no vivientes. Comprenden que respirar aire limpio, contemplar el monte, pasear entre pinos, oír el rumor de los arroyos y ver el cielo azul lleva a la calma profunda, al apaciguamiento de la vida. Idéntica emoción viven cuando ven árboles solitarios que crecen donde pueden, se adaptan, resisten y nunca dejan de buscar la luz. Y en los duros inviernos esperan el encuentro con una primavera palpitante que les devolverá el verde reciente a sus ramas. Y también al campo que les rodea. Las hojas caídas y la hierba seca van creando una capa delgada de suelo fértil de la que depende toda la vida, incluso la nuestra, en la misma medida que el aire y el agua. El ser humano es parte de la Naturaleza y los pueblos han de ser sus guardianes. Es algo sano y absolutamente necesario. No se puede huir de esta realidad. Mi aplauso y felicitación para esas nuevas familias empadronadas en los pueblos que han optado por ir al encuentro de una vida rural digna. Un ejemplo de autonomía y libertad. Nos suman vida a los pueblos. La mejor herencia que podemos dejar a nuestros descendientes es hacer un depósito de todas las herramientas disponibles para habilitar las casas cerradas y potenciar una vida saludable. Y con más futuro. Y más amor.
Guadalupe Fernández de la Cuesta.
