sábado 26/9/20

Ni qué decir, ni qué decir

Las palabras se enredan en trayectorias inexpugnables cuando la vida discurre en un monótono deambular por los estrechos y oscuros caminos de la incertidumbre

 Hacemos una lectura de nuestro comportamiento en las relaciones familiares y sociales sin el aval de una comprensión adaptada a la realidad. Nos faltan palabras para describir nuestro lenguaje afectivo muy menguado por los simulacros de los abrazos; por “la distancia de seguridad”, por la “mascarilla”. Todas estas actitudes, absolutamente necesarias para evitar mayor proliferación de los contagios, enmarcan una restrictiva relación lejana a la cordialidad, a la alegría de los encuentros, y a las tertulias de las gentes en este verano histórico. Sentimos la ausencia, nunca vivida, de fiestas, bailes y procesiones de nuestros pueblos, sin poder concernir otros itinerarios ajenos a la propia actitud de responsabilidad personal y social.

            Estoy sin palabras para llenar de coherencia mi actitud voluntaria de escribir en nuestro periódico de Pinares. Pero tengo a mi lado al nieto que sabe de naturaleza y recorre los caminos, a veces inexpugnables, por los montes de Neila. Y al lado del ordenador me deja un papel con palabras, que son nombres toponímicos de la orografía del pueblo. ¿Necesitas palabras? ¡Pues toma! : “Valderremuñe”, “El Sustadero”, “Reajuera”, “El Trampalón” “Muñabarraza”, “Cobajina”, “Cuentomilmediano”, “Mingazanario” (y la suma de muchas más, algunas recuperadas en mi memoria lejana). ¿Y por qué hay tantos nombres?, pregunta. Y explico mi respuesta a este empeño de signar con diferentes palabras a  pequeñas extensiones de terreno. Es cierto que en una orografía montañosa se sacaban tierras de cultivo en bancales o pequeños llanos en riberas de los arroyos o ríos. Y era necesario ubicar el lugar datándolo con un nombre. Pero la vida de los pueblos de Pinares se sustentaba con “la mata de pinos”. Estos pinos del vivir se median por “machones” y cada vecino debía llevar su ración proporcional de madera en la “suerte de pinos” dictada por forestales y ayuntamientos. Localizar aquellos concedidos en el sorteo suponía cumplir varios objetivos. Por ejemplo, saber el lugar exacto de su ubicación y la “marca” o número marcado en un “chasco” hecho en la corteza del pino y en la base del tronco ya serrado. Y “el recuento” que suponía el repaso general de los pinos talados..

            Una necesidad de localización tan exhaustiva, hacía necesario el uso de numerosos nombres referidos a varios contextos como el de los accidentes geográficos del terreno;  o de algún suceso o anécdota ocurrido en ese lugar; o a la propia imaginación de los habitantes del pueblo. Tanta proliferación de palabras toponímicas daría lugar a un estudio de su origen histórico y de las costumbres y quehaceres cotidianos ya desaparecidos.  Todo este catálogo quedaría enmarcado en un diccionario  de “palabras olvidadas” siguiendo la trayectoria de María Moliner. Nuestra toponimia y paisaje lleva cosidos unos sentimientos entrañables e imperecederos difíciles de olvidar,

            Esta pandemia no me ausentará del placer de ver en las noches un cielo estrellado y una luna enmarcada en su aura de luz blanquecina. En todo ese cielo se dibujan los perfiles montañosos y, a la vez, anida en mi alma el hito de un regreso a la vida rural. Con el progreso de la tecnología y avances cibernéticos ahora ignorados. Sin palabras.

 

            Guadalupe Fernández de la Cuesta

 

Ni qué decir, ni qué decir
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