Es la herencia del gen que nos descubre e identifica nuestra variante respecto a las demás familias. En algunos de mis cromosomas se enreda algún que otro ADN despistado que me lleva a la abstracción de la realidad y sublimo, hasta la fantasía, algo tan común para nosotros como es una tierra de pinares. Un pinar es mi casa; es el cobijo del seno materno; el líquido amniótico que me alimenta; el silencio del alma; la altura del pensamiento; la ternura de la caricia; el confidente de amores imposibles; la presencia de los que se nos fueron... ¡Tantas cosas! No encuentro palabras adecuadas para definir la solidez de los pinos altos, enhiestos, elegantes, soberbios, atrevidos, que se pavonean al viento y enhebran los rayos del sol en sus sombras alargadas. El pinar es una oración explícita, un rezo silencioso y salvaje, compulsivo, como un éxtasis del alma.
Hago todas estas reflexiones cuando las borrascas están devastando lugares de nuestra península, especialmente en Andalucía. Nuestro rio Duero hace compañía a esos aumentos de caudal tan desmesurados. Aún así guarda cierta compostura hacia la población que observa con recelo su caudal voluminoso y atormentado. No estoy, sino soy parte de estas montañas que me vieron nacer. Y de sus pinares. Este año los brotes verdosos en el pinar aumentarán su volumen si el calor primaveral se une al agua que baña las raíces de las plantas. Será una necesidad el encuentro de “cuidadores” que hagan susceptible su desarrollo equilibrado. Sé de estas lluvias desde pequeña, como también conozco los pinos talados. Y sus viejas toconas resinosas que exhiben su cronología de años en aros concéntricos. Tengo grabados sonidos de viejos tronzadores y sierras mecánicas talando los árboles. He observado muchas veces su balanceo de muerte y el estremecimiento de las ramas al chocar contra el suelo. Sé del duro trabajo de los que han ido a cortar pinos; de sus riesgos y sobresaltos y de accidentes, a veces mortales. Cada año se repetía la misma ceremonia de “la corta” y venta de la madera. Desde el reinado de Carlos III, nada menos, gozamos del privilegio de “la mata” y esta aportación económica de los pinares iba cosida a nuestra vecindad, con el trabajo de sus vecinos y el dinero al bolso. No era una cuota de pago por empadronamiento. Existen parajes hermosos de difícil descripción. Un pinar esbelto, umbroso, casi irreal. Hablo en pasado porque ahora, en muchos de estos lugares sólo se reconoce su tala masiva: pinos grandes, pequeños, medianos... Un desolador paisaje hecho de ausencia de árboles, huellas de maquinas y surcos de barro en una superficie más que aceptable. No sé de estrategias económicas. Soy sentimiento hecho de aromas de la sierra. Me dicen que luego cercan la zona talada y se recupera el pinar. Me dicen que el destrozo del monte sería mayor si hay que entresacar los pinos, Me dicen que así se renueva la tierra... Ahora, como diría el poeta: Yo voy soñando caminos. Soy sentimiento y nada más.
Guadalupe Fernández de la Cuesta
