domingo. 21.07.2024

Declive otoñal

Me resulta difícil expresar mis sentimientos con el don de la palabra escrita a pesar de mi gran interés por leer y escribir desde los tiempos de mi asistencia a la escuela del pueblo.

 

 Influye mi adicción por almacenar recuerdos y palabras en un cerebro demasiado añejo. Y caigo en la desesperanza. Creo que hay dos formas de inconformismo: Una de ellas es llenar la olla de energía positiva y enderezar la vida. Y la otra es la actitud indulgente y plañidera que nos lleva a dar un trancazo a la olla, o volverla del revés. Elijo sentarme frente al ordenador e iniciar mi arroyo de emociones a través de las palabras escritas. Y llevar este regato de palabras hasta la confluencia con otros mensajes de mis vecinos para engrosar el río de nuestras vidas en este viaje del vivir. Es el otoño una estación que nos lleva pendiente abajo hacia las noches interminables. Y con esa prisa para conducirnos a la oscuridad, las autoridades competentes atrasan una hora a la permanencia de un sol que acaricia nuestra mirada. Para salir de esta penumbra, lanzo mis sentimientos hacia situaciones pasadas que no concuerdan con esta realidad que cobija los días, y sobre todo, las alargadas noches.

 Verdad es que construir el futuro es cimentar el presente. Pero no sólo para salir del paso ahora, sino para construir el camino del porvenir a nuestros descendientes. Nuestro futuro se debate en este otoño para acallar las voces y, a veces, alaridos de los diferentes gremios de trabajadores que lanzan sus protestas para defender sus puestos de trabajo. Otras propuestas ruidosas, sin mucho arreglo, son las motivadas por el Gobierno, Sindicatos y Patronal para subir las cotizaciones sociales y poder costear las pensiones futuras. Pero lo que llena de tristeza y agobio es el silencio de nuestros pueblos que permanecen sin aliento para gritar. Y como no se oyen gritos, no hay que “acunar”, ni encender luces. No vaya a ser que aparezcan ideas luminosas en algún pueblerino y se monte un guirigay. Y más aún. En este otoño de sombras alargadas oteamos el regreso paulatino de la Covid-19 desde su tramposa huida que inició en los meses pasados.

            En este apartado del vivir positivo, deseo formular las palabras de agradecimiento -ya formuladas en otras ocasiones- a los bares de los pueblos que abren las ventanas a los sentimientos de fraternidad y convivencia. Al camión de Roa con su carga de alimentos que llega a ser una ayuda solidaria. A las furgonetas de congelados. A los panaderos que se acercan hasta las puertas de las casas. A todos los del gremio de la hostelería que hacen sonar la aldaba del turismo rural. A todas las personas que hacen posible el funcionamiento de los Centros de Mayores donde se acumulan actitudes solidarias. A todos los profesionales sanitarios que llevan a cabo su tarea en un “magma” de dificultades. Y finalmente, no puedo dejar de reseñar la gratitud a mi tierra, a sus montes y sombras; a los pinos que dibujan sus perfiles en el cielo; al rumor de los ríos y arroyos; Y a todos mis paisanos con los que me identifico tanto.

            Entre los diversos poemas que he ido acumulando en el cesto de mis “tontunas”, encuentro estos versos: “El pulso salvaje de la Naturaleza/ estremece mis sentidos. / Caricias del pinar en mi rostro, / fragancia de hierba verde / danza de nubes / sabor a tierra.”

 

                        Guadalupe Fernández de la Cuesta

 

Declive otoñal