domingo. 16.06.2024

Mi pinar está enfermo

Singularizo el titulo de este escrito porque nunca seré yo sin mis raíces. Mis orígenes están unidos al pinar de Neila, nombre que también llevo en las entrañas.

Escribo muchas veces de pinos en lenguaje emocional porque desahogo en ellos los recuerdos vividos: las caminatas, el coger anavias y fresas, los descansos entre helechos, el ruido de los arroyos que mojan sus raíces, el rumor de sus ramas mecidas al viento… Y en el presente, con muchos años a la espalda, vivo uno de los mayores placeres de mi vida al leer un libro bajo sus ramas acoplada en una “tumbona”. Así entiendo mejor todo su relato con mi espíritu anidado en el verde pinar. Y de vez en cuando veo los pinos bordando en el cielo las imágenes más bellas de la naturaleza. Entre estas imágenes grabadas guardo con especial interés algunos pinos altos con la cabeza y ramas del color del fuego. Eso lo percibí en unos parajes próximos a la carretera que une Neila y Huerta de Arriba. ¿Se estarán secando? me pregunté. Esa duda la he guardado en mis sentimientos como una triste conjetura. Hasta que ha llegado el fatal descubrimiento de la gran amenaza a nuestro pinar. Leo en el Diario de Burgos: “Decenas de miles de pinos de uno de los grandes pulmones de Burgos, entre Neila y Huerta de Arriba, han muerto o se encuentran en fase terminal debido a una plaga de escolítidos, unos insectos perforadores, que han aprovechado el intenso episodio de estrés hídrico para minar la resistencia del bosque hasta desencadenar la tormenta perfecta”. Estoy demudada y triste. ¿Y a qué puerta se llama?

            Mi vida lleva grabada la experiencia de la “suerte de pinos”. Este privilegio de posesión comunal de los pinares se remonta nada menos que a la Edad Media. Los reyes otorgaron la “Carta Puebla” a grupos poblacionales en la Comarca de Pinares con la que se pretendía fomentar el asentamiento de vecinos en zonas no aptas para el cultivo de cereales u otras prebendas. El territorio tiene mucha altitud y es abrupto y por tanto era perentorio el cuidado exhaustivo del pinar, de su tala y de su desplazamiento cuidadoso en carros porque las vidas se sustentaban, en gran parte, en la “mata de pinos”. Y esa es mi experiencia. He vivido el cuidado de los montes y de la acción de múltiples forestales bajo la Dirección General de Montes hasta 1971. Desapareció esta “Cuidadora” y pasamos a estar tutelados por el Instituto para la Conservación de la Naturaleza, ICONA, que estaba inscrito al Ministerio de Agricultura. No duró mucho esta “salvaguarda” porque desaparece en 1995 y sus competencias se integraron en secretarías varias dentro de Ministerios relacionados con Agricultura. De esta forma los sucesivos gobiernos van abriendo puertas a las que llamar. Ahora podemos dar al picaporte en el portón de entrada de edificios gubernamentales ya sea cerca de casa: “Servicio Territorial de Medio Ambiente” de Burgos. O más lejano: “Junta de Castilla y León”. O mucho más lejos: Madrid, “Ministerio de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible”. A ver si se avienen a comprobar la grave enfermedad de nuestros pinares. Me nace la confianza en todos aquellos científicos que acumulan la sabiduría y experiencia en los temas de protección de los bosques de pinares y de la naturaleza circundante. El verde es el color principal del mundo. Y los pinos, para mí, un sentimiento de felicidad. He tejido mi vida entre sus hilos de sol. Y de cielo.

           

            Guadalupe Fernández de la Cuesta

Mi pinar está enfermo