Somos viejos, pero no idiotas
Esta expresión del título no es de mi propiedad, sino de un señor de edad similar a la mía, Carlos San Juan, profesor universitario y vicepresidente de los urólogos valencianos.
Esta expresión del título no es de mi propiedad, sino de un señor de edad similar a la mía, Carlos San Juan, profesor universitario y vicepresidente de los urólogos valencianos.
Estamos bajo las sombras, no sólo del invierno con sus tempranos anocheceres, sino bajo esas otras umbrías donde no se vislumbra la luz de la esperanza contra una pandemia pertinaz en sus contagios, y con nuevo traje de presentación.
Me resulta difícil expresar mis sentimientos con el don de la palabra escrita a pesar de mi gran interés por leer y escribir desde los tiempos de mi asistencia a la escuela del pueblo.
La sociedad rural, de la que formo parte, tiene como destino preservar la Naturaleza por múltiples y variadas razones. Una de ellas responde a la necesidad de incrementar las zonas verdes por su connivencia con la salud.
Hemos entrado en el otoño y nuestro entorno se adorna con sus matices de colores amarillentos y marrones que nos descubre una sensación de especial alegría.
Escribo esta vez desde el mundo de los afectos personales y el compromiso que me debo al arte de escuchar las reflexiones y sentimientos propios y ajenos.
He realizado un viaje relámpago a Madrid para hacer los deberes de las citas médicas que nos debemos las personas de edad avanzada en este camino del vivir.
En medio de una primavera exuberante, extasiada en esta orografía de pinares envueltos en polen, rememoro tiempos lejanos no vividos por mí, pero sí analizados en los libros de historia.
Hace unos días encendí la radio sin referencia de cadenas ni programas. Por distraer la mente. De pronto escuché una información casi surrealista. Era por la mañana en la Cadena SER. Hablaban de un pueblo de Soria, La Cuenca, a unos veinte kilómetros de la capital y con muy pocos habitantes.
Esta muy reciente el 23 de abril, “día del libro”. Soy una adicta insalvable a la lectura de libros en su formato de papel. Es mi imaginación proclive a recrear historias con cada elemento de mi existencia en el enclave paradisíaco de naturaleza de Neila, mi pueblo.
En esta primavera no viviremos las sensaciones del estallido de las flores en los prados, en los arbustos, en las retamas, en las aliagas… en un entorno idílico.
Se inicia la primavera en un contexto social ajeno al estallido de la vida en plantas y flores y en el verde tapizado de los montes.
En mi adicción por releer historias ya envejecidas, doy un repaso por aquellos poemas de autores ilustres que describen de forma sencilla los paisajes y los sentimientos del campo.
Tras nuestro nacimiento, hemos sustentado nuestra carga del vivir en unos pilares cimentados en las profundas e indelebles raíces de nuestra tierra.
Deseo rememorar el tema de la novela de Miguel Delibes, “La sombra del ciprés es alargada” donde abunda el pesimismo emocional con muchos alientos de esperanza. Y no es el tema de hoy proclive a las nefastas consecuencias de nuestra pandemia vírica, sino que abarca a otros conceptos inherentes a nuestro paisaje y a nuestra memoria.
Hoy, mis palabras se hilan con los sentimientos de añoranza de los años pasados, en un recorrido por entre las conductas y quehaceres de la tierra que me vio nacer.
Para iniciar el paso al nuevo día del Año Nuevo hemos batallado en Neila, mi pueblo, contra toda una suerte de adversidades dignas de contar.
Me cuenta una amiga sus andanzas por Madrid en este contexto de pandemia. Vive sola y las limitaciones de relaciones sociales, por causa del coronavirus, barren sus emociones positivas. Por ello, me dice, salgo de casa para ver exposiciones; entro por las tiendas a husmear; voy al cine; quedo con alguna amiga… Es que si me quedo en casa, voy a enfermar de la cabeza. Y eso es peor que el virus.